Una aventura viajera llena de emoción y de riesgo por diferentes parajes de Africa, y una parada en Lisboa.

A Manuel Herrero Montoto le mueve ese espíritu inquieto de Robinson. Combina su profesión de médico con la literatura y los viajes. Su último libro “Desde el kilómetro cero” (Septem, 2005), es la compilación de una serie de relatos de algunos de sus viajes. La narración está hecha en un lenguaje directo, sazonado de humor y crítica, dos características que definen la personalidad de este autor asturiano.
-¿Qué te motivó a hacer este libro?
-Parte de él ya se había publicado hace quince años como un relato de viajes. Trataba sobre un grupo de “aventureros” que hicimos un descenso con piraguas de nativos por el río Gambia. A la gente le gustaron, pero quedaron un poco cortos y necesitaban un complemento. Pasado el tiempo y después de una serie de viajes, elaboré unos relatos ambientados en ellos. Ese primer relato fue casi un diario de viajes plagado de anécdotas y en tono caricaturesco. Estos otros relatos que añado ahora son ya distintos. Para realizarlos tomé nota en esa área geográfica, tanto de los escenarios, totalmente desconocidos para mí -aunque hay referencias cinematográficas, porque estamos cansados de ver a Tarzán y a Chita saltando de liana en liana- como de los personajes que lo habitan, y elaboro con ellos, ya no un relato de diario, sino un cuento. ¿Y dónde hago ese relato? En el kilómetro cero.
-¿Qué es para ti el kilómetro cero?
-Para el que es un turista -ojo, no pasa a viajero, porque es una categoría que no me corresponde- y con unas coordenadas diferentes al turismo convencional, el kilómetro cero es el kilómetro bonito, es el momento del planteamiento del viaje, es el kilómetro donde se trabaja y donde se fraguan las ilusiones que vas a conocer. A veces es el kilómetro del miedo: ¿a dónde voy a ir?, ¿qué me va a pasar? Es el kilómetro de la incertidumbre. Luego, haces el viaje, regresas y vuelves otra vez al kilómetro cero, que es donde se rememoran las historias que has vivido y te planteas el escribir sobre aquellas anotaciones que fuiste tomando a lo largo del viaje.
“Cuando nuestra fuente de recursos, Africa, empieza a emerger ¿qué hacemos? Organizamos algo para que los grupos étnicos secularmente rivales se enfrenten. Ahí tenemos el gran holocausto hutu-tutsi”
-¿Cuál es la estructura del libro?
-Es un libro a modo de relato breve. Hay un primer relato, Manding, que es el más extenso, tipo diario. Luego, hay cinco relatos más. Uno ambientado en el antiguo Zaire, en la frontera con Ruanda, en la zona de una ciudad tristemente recordada por las luchas étnicas, cerca de Goma en la zona de los Virunga. Otro relato se sitúa en la zona del Ituri, también recordada en los periódicos por las encarnizadas luchas entre grupos étnicos, Hutus, Tutsis… Un cuarto relato está ambientado en la frontera entre China y el Pakistan, en el Pamir, a raíz de un trekking que hicimos a un valle que se llama Shimshal cerca del Nanga Parbat.Luego, como si envejeciera muchísimos años en ese espíritu turístico especial, me meto en Lisboa con el penúltimo relato: “Columbario luso”. Este es un relato de un viajero en Lisboa que se introduce en el mundo de Pessoa. Incluso es un homenaje a Saramago, porque utilizo sus mismos recursos de puntuación para no disimular mi admiración por este escritor. Este relato tiene un ambiente muy concreto, de esa Lisboa que nos acerca a la nostalgia. Lisboa es una meca. Un escritor no puede estar dos años sin pasar por ella y ahogarse un poco en el escepticismo y en ese sentir de tristeza que emite para mí esa ciudad.Y por último una coda, que no es un relato de viajes, sino que simplemente es el viaje de la mente de la mano del cine. Escogí esa secuencia de la película “Los dientes del diablo”, ese mundo del esquimal que tiene que sobrevivir por encima de todo, donde esa vieja o esa abuela es abandonada porque no la pueden llevar en el trineo. Ella acepta de muy buen grado ser abandonada en el hielo y ser devorada por el oso. Así se incorporará a las proteinas del oso para que cuando su nieto o su hijo lo mate y ella se pueda reencarnar en su familia. Ese es el relato que cierra el libro porque es el viaje de la imaginación, el viaje de esa escena cinematográfica que todos llevamos grabada.
-Para dar un escenario a estos relatos has elegido especialmente Africa. ¿Qué te atrae de este continente?
-A los que hemos cumplido ya los cincuenta, nos atraen muchas cosas porque en nuestra época Africa era una constante en la literatura y en especial en el cine. Era muy difícil ojear una cartelera y que no hubiese un Tarzán de por medio, o El último tren a Katanga, o Las historias turbulentas del Mau Mau. Africa era ese continente enigmático, muy lejano y sin conexión con nuestro mundo o entorno socio-cultural. Esto despierta en las personas que tienen un espíritu conocedor, no digo viajero, un atractivo enorme. Luego lees literatura de viajes y todo parece que te está empujando a ir por ahí.
-¿Qué contrastes se producen al regresar a este primer mundo?
-La sensación es la que te contaría cualquier persona con un mínimo de sensibilidad, sea un viajero, un profesional que se desplaza en una ONG, o un misionero. El contraste es que somos una pandilla de ladrones. Los europeos y los occidentales estamos viviendo como dios a costa de que estas personas estén pasando unas calamidades terribles y se vean obligados a cruzar el estrecho en pateras, o como sea, a riesgo de morir ahogados. Africa es enorme. Hablo de esa Africa negra, de los países de la zona ecuatorial (no estamos hablando de la zona sahariana ni subsahariana, hablamos de Zaire, de Camerún, Zimbawe, Zambia…) La sensación es que es un continente tremendamente rico en recursos, y los europeos tienen la intención clara de evitar que esos recursos sean explotados por los habitantes de Africa. Para mí está habiendo una segunda colonización.

“Los europeos tienen la intención clara de evitar que los recursos de Africa
sean explotados por sus habitantes. Para mí está habiendo una segunda
colonización”

-¿Qué bases hay para esa colonización?
-Hay una primera colonización, muy directa, en la que abusamos del recurso humano y los hacemos esclavos. Luego hay una fase en la que por alguna razón económica global no interesa tener estas colonias allí y les damos una falsa independencia, nombrando unos embajadores que son una especie de presidentes-títere, como Mobutu, por ejemplo, enriqueciendo a esa persona y a su grupo familiar. Así, de esta forma, estamos sacando esos recursos. La consecuencia directa es el empobrecimiento progresivo de esa población. Cuando nuestra fuente de recursos, Africa, empieza a emerger ¿qué hacemos? Pues organizamos algo para que los grupos étnicos secularmente rivales se enfrenten. Ahí tenemos el gran holocausto hutu-tutsi. Un avión, donde viajan los presidentes de Ruanda y Burundi de repente explota y cae a tierra, inmediatamente salta la chispa y surge el conflicto con un balance de miles de muertos. ¿Quién puso la bomba? Ese es el punto de vista desde un analista. Una situación injusta por todos lados.
-¿Qué pasa con el sida en Africa?
-Mi tesis es que Occidente quiere aniquilar al continente africano porque sus territorios son extraordinariamente ricos. Es enorme la cantidad de enfermos de sida que hay. Existe mucha hipocresía alrededor de ese tema. Se hacen macroreuniones pero todavía no se ponen el preservativo porque el Papa, que Dios tenga en su gloria o en sus infiernos, no ha permitido su uso.Todo esto no puede ser casualidad, hay algo detrás, algo organizado para que este continente de una vez por todas se vaya a la mierda.
-Parece que tienes cierta adversión a determinadas fotos que salen en algunos diarios y que reflejan la hipocresía de esta sociedad.
-Si me rebelo contra ese tipo de cuestiones es porque, hablando en términos “opusísticos”, podemos hablar de la santa intolerancia, de santa coacción, de la santa intransigencia y de la santa hipocresía. ¡Señores, arreglen primero los problemas y luego fotografíense, no se hagan una foto en falso! Hoy día tenemos tan buenos fotógrafos, tan buenos reporteros que son capaces de captar con sus cámaras pequeños gestos, que a lo mejor no todo el mundo percibe, pero que son muy importantes. Cuando abres un periódico los textos prácticamente ya son conocidos, a no ser los artículos de opinión, pero cuando aparece la foto nos preguntamos por qué el fotógrafo capta esto. Hay una foto que todos tenemos en la memoria, aquella en la que un buitre está esperando a que se muera una niña para comer sus restos. Con la foto está todo dicho.

“Existe mucha hipocresía alrededor del tema del sida. Todavía no se ponen el
preservativo porque el Papa, que Dios tenga en su gloria o en sus infiernos, no
ha permitido su uso”

-¿Eres crítico contigo mismo?
-Lo que siente uno por uno mismo es una acción compulsiva. Pienso que el no hacerse una autocrítica es una mala práctica, pero también pienso que no es nada fácil, porque las referencias, el subjetivismo de uno mismo no sabes hasta dónde va a calar. No obstante, intento hacer ejercicio de autocrítica. Quizás me pase en el resultado, porque creo que soy excesivamente autocrítico y negativo en el resultado. La autocrítica es muy difícil, porque depende de la estructura de la personalidad y una personalidad como la mía, que tiende hacia la negrura de las cosas, proporciona un prisma muy jodido y la puntuación que me doy ante el examen suele ser mala, pero es necesaria. Yo lo que hago es ver lo que me rodea y qué estimación pueden tener los demás de mí y de mi obra, no tanto como escritor y sí como profesional de la medicina. Sin autocrítica es imposible ser responsable.
-¿El viaje de tus sueños?
-Sería recorrer hoy esos espacios geográficos que visité hace quince años y encontrármelos tal como estaban entonces, sin un conflicto bélico. Hoy, eso es imposible. Gambia, el sur del Senegal, Ituri, Paquistán… todo son problemas. Solamente me queda Lisboa. Hoy día esos viajes no se podrían hacer, al menos no con esa libertad de movimientos, porque estamos viviendo inmersos en un mundo de horror y de terror. Ese terror, como una salsa, está en todo
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