La fuerza del deseo

Las ciudades de Cádiz, Londres y París son el paisaje elegido por Antonio García Aparicio para narrar las peripecias de un muchacho que atraviesa la Europa romántica buscando su identidad y huyendo de las intrigas de la política española.

RAFAEL CONTE
BABELIA – 24-09-2005

Este libro no es una novela de verdad, ni buena ni mala, y hay que evitar de antemano el mal chiste de “sino todo lo contrario”, pues se trata también de un libro respetable, una ficción imaginada por un escritor culto, buen lector de libros e historia que se ha complacido en imaginarla a su leal saber y entender, para ver si la fuerza empleada en su trabajo convierte de una vez en realidad lo que siempre ha deseado. Su biografía nos lleva a Logroño, a estudios eclesiásticos (licenciado en Teología) y civiles (de Filología) y a un profesorado de lengua y literatura, y ha publicado un ensayo, La religión como ideología en el pensamiento de Marx, o sobre el teatro de Buero Vallejo. También se ha dedicado a la política, habiendo sido diputado regional por el PSOE en dos legislaturas y jefe de gabinete del presidente socialista de La Rioja. En apariencia se trata de una novela histórica, que sucede en los difíciles momentos del inicial movimiento romántico español, pues su protagonista nace cuando se proclama precisamente la Constitución de 1812. Este hecho simbólico se agrava cuando el narrador omnisciente vacila entre contar como tal, o ceder la palabra en primera persona ante su protagonista, aunque después todo se resuelve convirtiéndose en la voz de un cronista exterior, un historiador que se apoya en una serie de notas documentales colocadas al final del volumen. Estas vacilaciones narrativas y sobre todo las dudas entre lo histórico y lo simbólico son sin duda una torpeza, pero enriquecen el valor histórico del libro, aunque no el narrativo, ni el documental, que es lo que he querido decir cuando he acusado a este valioso libro de excesos didácticos.
El protagonista además es hijo, doblemente póstumo, de una joven gaditana liberal, fallecida poco después de su nacimiento, y de un joven teniente inglés, Terry Tennison, muerto como consecuencia de las heridas recibidas en la batalla de los Arapiles; pero ambos tuvieron tiempo de casarse legalmente, con lo que la narración se encadena, cuando su objeto, más simbólico que histórico -aunque bebe de unos orígenes galdosianos-, colocado bajo la custodia de un abuelo liberal y un grupo de compañeros, emigra a Lisboa para huir de Fernando VII, camino de Londres, donde pretende reclamar sus derechos a la estirpe paterna. Aquí la novela galdosiana se convierte en “británica”, de acuerdo con los modelos de la época, y su influjo liberal se hace de estirpe anglosajona, más que francesa, pues su origen napoleónico es una mancha primigenia que le impide seguir adelante: los personajes se multiplican y el didactismo empieza a ser excesivo, pues no aclara las cosas, sino que las oscurece, y los personajes históricos, desde el socialista utópico Owen hasta la autora de Frankenstein, empiezan a ser más referencias que seres reales.
Iniciado en una educación muy británica que le llevará a convertirse en un excelente grabador e impresor, el joven Tennison Vicuña viaja a París, donde acaba perfeccionándose en sus trabajos, y cayendo de rondón en medio del agitado estreno del Hernani de Victor Hugo, o en la contemplación del cuadro de Delacroix, La libertad guiando al pueblo. La descripción del movimiento liberal francés y de su romanticismo se multiplica a su vez acumulando toda suerte de referencias y personajes, que ahogan y confunden la acción. Al final, la luna de la historia será benévola, vendrá la muerte del tirano e Isabel II será proclamada reina, bajo la regencia de María Cristina, que acogerá a los exiliados y el protagonista volverá a casarse con su amada, y fueron felices, pues comieron perdices, aunque luego la historia siga dando las vueltas de siempre, vuelven las guerras carlistas e Isabel II hace de las suyas, pese a la honradez voluntarista de este testimonio.
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