[SAÚL FERNÁNDEZ]
Crítica publicada en El Cultural de LNE

Una nueva generación se introduce en la vida literaria: la de los nacidos en los setenta, la que vivió los últimos coletazos del franquismo y los primeros tiempos de la heroica transición, los que ahora andan por la treintena y se han criado en los pechos de Mazinger Z, el Exin Castillos o los foskitos, así, con «f»; los que yo me comí -como un tesoro dominical- tenían «ph», lo que son las cosas. Antonio Valle (Oviedo, 1969) empezó su carrera literaria un pelín tarde, el año pasado, con Perversiones. Aventuras inevitables (C y Ediciones del Norte, 2005). Bueno, antes había escrito en revistas de medio pelo y de pelo entero, había sido poeta y también traductor. Sin embargo, a lo que se dedica profesionalmente es a la Enseñanza Primaria.
Se ha travestido Valle con su nuevo libro de cronista generacional, mal que le pese. Y lo ha hecho con un libro de microrrelatos, éste de título tan enorme, como robado a un ilustrado del siglo XVIII. La línea argumental, claro, es obvia: el último libro de Valle es generacional y es de microrrelatos. ¿Cómo son los treintañeros? Según se deduce de los cuentinos de Valle: adultos, pero apegados a la infancia y también meditabundos: cualquier tiempo pasado fue mejor, cuando emitían «Mazinger Z», los primeros dibujos japoneses con algo de violencia y sexo. A esto mismo ahora se le llama manga y no dibujos japoneses.
Una colección de microrrelatos requiere de un lector enorme, paradógicamente. La miniprosa está más cerca del poema que del cuento, pero ni es un cuento ni tampoco es un poema. Los híbridos son así, exigentes, luminosos. El segundo libro de Valle vive rayano con el primero de poemas de Cesare Pavese, ese que llamaba «Trabajar cansa» y mezclaba verso y cuento y ni era una cosa ni tampoco la otra: «Con la llamada de la selva algún imbécil adelantado creyó mejor una caricia femenina que un partido de cinco contra cinco» (p.53). «El libro que tenía en mis manos había sido mío. Después de tantos años y tantas vueltas el libro regresaba una mañana de domingo en el rastro» (p.14). O sea, medio centenar de cuentos, el más largo de dos páginas. Un recorrido volátil sobre las peripecias desangeladas de los adultos que no quieren serlo. Pero no sólo eso: también hay imposturas aventureras, imposturas históricas, imposturas estéticas. El sincretismo puede dar mucho de sí y esta segunda entrega de Antonio Valle da fe de lo que estoy diciendo.
El camino se abre en la procelosa selva editorial. El microrrelato frente a El mecanógrafo, de García Sánchez. Un aplauso, aunque el lector habitual no frecuente un género tan dificultoso como éste en el que se ha metido Valle en su segundo libro.
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