Mateo-Sagasta y Arias Argüelles-Meres presentaron sus últimas novelas en un día con fuerte presencia de la poesía asturiana en el Salón del Libro Iberoamericano de Gijón.

El día empezó con monstruos españoles del siglo XVII y acabó con un enigma familiar de principios del XX en la Asturias de las casonas solariegas y los últimos hidalgos. Entremedias, y también con acentos marcadamente asturianos, la poesía volvió a ocupar el patio central del Centro de Cultura Antiguo Instituto, y el director del Salón del Libro Iberoamericano tuvo unos instantes de protagonismo estrictamente literario para presentar un pequeño libro propio que recopila sus artículos para «Le Monde Diplomatique». Los monstruos son los que ha escondido, con total fidelidad histórica, el novelista Alfonso Mateo-Sagasta en «El gabinete de las maravillas» del marqués de Hornacho, para desatar una nueva intriga con la que retar a Isidoro Montemayor, a quien ya encomendase el enigma quijotesco de su exitosa «Ladrones de tinta». Luis Sepúlveda, Paco Ignacio Taibo II y Antonio Sarabia fueron los encargados de glosar las virtudes de la nueva incursión de Mateo-Sagasta en un Siglo de Oro donde, como señaló Taibo II, ejercita una «minuciosa descripción de época» en la que nos enteramos al detalle de lo que hacían, hablaban e incluso desayunaban los contemporáneos de Lope, Calderón o Cervantes. «Es una novela de ideas enmascarada construida al modo de los narradores, con una continua sucesión de anécdotas», señaló Taibo II, mientras que Sepúlveda destacaba el carácter de «verdadera novela histórica» del trabajo de Mateo-Sagasta frente a «fiascos como Dan Brown». «Y sin aspavientos de erudición», añadió el chileno. El novelista, por su parte, remarcó que todos los objetos y monstruosidades guardados en el gabinete que da título al libro «son reales» y que «algunas de esas reliquias se siguen adorando». Lamentó haber tenido conocimiento tarde de otra de ellas que no pudo incluir: «Una ampolla con un poco de la nada de antes de la creación». Mateo-Sagasta cree que el trato con esas rarezas, deformidades y monstruos es «hoy el mismo que entonces». «Lo que vemos en el monstruo es lo que no somos: nosotros somos la normalidad; ellos son lo otro. Buscamos nuestra identidad en los monstruos», reflexionó el novelista, que incluyó en el panteón contemporáneo a seres como King-Kong o E. T. en cuya proximidad «incluso estamos empezando a admitir la posibilidad de entendernos con algo ajeno». Los versos abrieron la tarde dominical con un concurrido recital organizado por el colectivo Poegía, en el que se conjugaron veteranía y juventud, castellano y llingua. Luis Fernández Roces, Pablo Rodríguez Medina, Hernán Valladares Álvarez, Alejandro Cuesta, Susana Rodríguez Sela, Lauren Mendinueta, Alejandra Sirven y Lucía Baragaño leyeron sus versos en un acto presentado por Armando Vega.
Y en Asturias quedó la cosa con la presentación de «Un tren a Cuba», novela del escritor y colaborador de LA NUEVA ESPAÑA Luis Arias Argüelles-Meres en la que desanda el propio pasado familiar para desentrañar mediante la ficción un enigma: el de la desaparición de su tío abuelo en un trayecto del Ferrocarril Vasco-Asturiano a principios del siglo pasado. La idea proustiana de la resurrección de un personaje a través de un objeto ha servido al escritor para «imaginar la vida de este personaje y al mismo tiempo reconstruir aquel mundo de las casas solariegas y las familias hidalgas en el momento mismo en que se estaba terminando». Por su parte, Luis Sepúlveda presentó «Los calzoncillos de Carolina Huechuraba y otras crónicas», selección de las que ha escrito con asiduidad para el periódico «Le Monde Diplomatique». Presentaron Víctor Hugo de la Fuente y Vivia Lavín.
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