¿Cuáles son sus motivaciones a la hora de ponerse a escribir?
Siempre me gustó escribir, ya desde adolescente. Mi padre también escribía y supongo que eso me habrá influido. Además existen muchas cosas que imaginas, piensas y sientes y que te gustaría contarlas.
Usted ha obtenido un montón de Premios como el Fernando Vela de Periodismo, el Premio a la Libertad de Expresión concedido por el periódico “La Voz del Occidente”, el Premio a la Lealtad Republicana concedido por la Asociación Manuel Azaña …. ¿Qué significan para usted todas estas distinciones?
Cada una es distinta. Por ejemplo el de la Libertad de Expresión fue todo un honor ya que lo compartí con Harold Tecglen, él a nivel nacional y yo a nivel de Asturias.El de la Asociación Manuel Azaña significa un reconocimiento a una trayectoria.Por lo tanto, cada premio tiene una motivación distinta y los que me dieron hasta ahora responden a empeños y trabajos míos. A cosas con las que me identifico mucho.
¿Le queda a usted algún reto por cumplir?
Bueno tengo 49 años, ni vitalmente ni como escritor me considero viejo. Quiero hacer una novela sobre la Transición, quiero seguir también en el columnismo tanto en periódicos de aquí de Asturias como de fuera, manifestando mi opinión sobre cosas que están pasando. Tengo cada vez más motivación.
¿Que es lo que busca con sus escritos?
Ante todo, creo que la primera obligación de todo escritor es escribir bien, es decir, lograr algo aceptable y bueno. Además quiero dar expresión a mis obsesiones, por ejemplo una obsesión estética mía es la zona de Asturias del bajo Narcea, es mi universo literario. En las dos novelas que publiqué como “Último tren a Cuba” que se reeditó ahora y en la de “Parte de posguerra” que se publicó el año pasado. El republicanismo, la dignidad republicana, las libertades, la recuperación de la memoria…es otro afán importante no solo en mis libros sino también en mis artículos.Y luego muy relacionado con esto del republicanismo, está mi primer libro, ya en 1990, un ensayo sobre Azaña y mi último libro es una biografía -la última que se hizo- sobre Ortega, es decir la época de últimos del siglo XIX y principios del XX.
Escritores, figuras… para darles a conocer mejor y decir lo que pienso de ellos. Poner en la calle libros que expliquen o que demuestren que la obra de esta gente -tanto literaria, política o vida pública- sigue teniendo interés. En la novela sobre la Transición que estoy escribiendo quiero contar lo que vivió mi generación. Somos los hermanos pequeños de mayo del 68 y somos la generación del desencanto y por ello quiero contar con qué pasión y con qué entusiasmo vivimos aquello y cómo nos sentimos defraudados después.
Ha dicho en alguna ocasión que le gusta provocar la complicidad en el lector. ¿Cómo es esto posible?
El lector que te sigue en los periódicos sabe lo que puedo pensar sobre determinadas cosas que son de interés público y por eso se busca esa complicidad, un lector que te sigue y que considera que tus puntos de vista van más o menos en la misma línea que los de ellos. Por otra parte, intentando ejercer un artículo, una reflexión o una historia donde te vuelcas en escribir algo que estéticamente satisfaga.Hay mucha gente que le gusta las historias noveladas. La última que publique era la historia de un maestro republicano en la Asturias de posguerra, esa historia interesa a mucha gente por lo que vi y por lo que se vendió el libro y yo creo que el tema de la Transición interesa también. Es decir, cosas que interesen a los lectores.
¿Qué es lo que más valora de la literatura asturiana?
Yo creo que literatura asturiana es tanto la que se escribe en bable o en asturiano como la que se escribe en castellano. Yo creo que estamos en un buen momento, yo destacaría a Miguel Solís Santos, que es el primer escritor de novela en asturiano que no hace mucho publicó una novela sobre la transición en asturiano, yo creo que es uno de los grandes escritores que tenemos ahora mismo en Asturias. Destacaría también a Pepe Monteserin que es un gran novelista y un escritor vocacional. Y no sigo citando porque por muchos que citara posiblemente se me olvidara alguno y no sería justo.
¿Qué significa para usted escribir?
Lo primero que debe tener un literato es escribir bien y segundo plasmar tu mundo, no solamente tu mundo real o el mundo en el que vives sino otro mundo, es decir, tus obsesiones, tus fantasías, tus fantasmas. Plasmar algo que estéticamente sea aceptable y que además le diga algo al lector. Como decía Unamuno “conmocionar” en el buen sentido de la palabra. Que el lector reaccione ante eso que le ofreces.
Un tren a Cuba (fragmento)
La cadura del portón estaba pasada de vueltas. El operario consiguió, con un golpe seco de cadera, superar la tozudez de los engranajes, a nada que éstos cedieron a los movimientos de la llave. La oscuridad de la casa, cerrada a cal y canto, contrastaba con la cegadora luminosidad de la mañana de agosto. Silencio y olor a Iglesia cerrada, a polvo revenido y enmohecido. Mientras el camionero desmontaba los muebles, observé desde el balcón el abandonado aspecto de la finca. Las yerbas, demasiado altas, luchaban por hacerse sitio entre la inmundicia. El inmenso tilo tenía un aspecto cadavérico. Se había secado en el crudo invierno del 92, el mismo en que murió tía Agueda. A sus pies, se desperezaban una mamá gata y su camada. Y abajo, en la vieja Estación del Vasco, apenas se observaba tránsito. El hollín, con su cochambroso pringue, estaba adherido a las baldosas de la cocina con decidida voluntad. Los armarios guarecían viejos cacharros de loza seriamente sentenciados al desuso. No fui capaz de abrir el balcón que daba acceso a la terraza. Tuve que conformarme con despegar las clavijas de las contraventanas. De la terraza emanaba la tristeza de las cosas que han sido orilladas por la deslealtad del hombre. Cabría decir que se percibían los aullidos del alma de un perro abandonado por su amo. De repente, se desató la tormenta. El zarpazo de un trueno amenazó con partir de cuajo los cristales. Los relámpagos se cebaban sobre la casona, como si algún romántico maldito la eligiese de teatro para alguna de sus tétricas aventuras. Huí en busca del grasiento olor del camionero que, al menos, era humano. El hombre seguía a lo suyo y no parecía sentirse turbado por los reventones del cielo. Tan sólo lo distraían los rayos, pero de forma liviana, limitándose a dar desapasionado acuse de recibo de sus destellos. Sobre el suelo de la habitación yacían las dos puertas del armario de espejos que retrataban el techo desconchado. Los objetos personales de tía Agueda descansaban sobre el colchón de lana, cuya funda azulada había palidecido lo indecible. Un Niño Jesús de Praga tenía la mano mutilada. Los libros, de asunto religioso casi todos ellos, irradiaban brillo a través de sus bordes dorados. Me sentía un intruso. Invadía la intimidad de una persona muerta. Tan sólo la revisión de los viejos álbumes de fotos me sosegaba, como si semejante pasatiempo fuese algo más aséptico y permisible.
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