Diego Medrano habla sobre su última obra, ‘La soledad no tiene edad’, que presentarán mañana en Oviedo Luis Sepúlveda, Carmen Gómez Ojea, Lola Mateos y Lluis Xabel Álvarez

Iconoclasta contra cualesquiera de los dioses, Diego Medrano sostiene, sin embargo, que su última obra, ‘La soledad no tiene edad’, «aúna en una misma identidad dos viejos mitos españoles; por un lado, el de la soledad» -que tendría su padre moderno en Kafka, uno de sus referentes- «y por otro lado, el de la vejez» -y ahí tampoco le duele la herencia bíblica de Matusalén-. Pero hay que situarse en el contexto que al autor define: «Vivimos en un país necrofílico y asqueroso, donde todo el mundo cuando es un viejecito es un rey», apunta para señalar contradicciones, «y donde los viejecitos, precisamente, se mueren de soledad como plantas no sometidas a la luz solar». Entrando en comparaciones con sus libros anteriores, discierne: «Si en ‘Los sueños diurnos’ intentaba la combinación de la alta cultura con la sociedad, de ahí el uso y el abuso de la cita literaria, que cautivó a tantísimos intelectuales; aquí he intentado justo lo contrario: es la vida por la vida, sin la mínima referencia intelectual. Eso sí, con mucho y variado decadentismo, en varios personajes al límite, porque el decadentismo no es más que sentirse diferente al resto, por un lado, y por otro, sentirse fin de algo».
Y es que la derrota parece ser la sustancia que lo moviliza, aunque sea un combustible precario: «Siempre me ha interesado el fracaso, y en el fracaso se mueve toda mi obra y mis personajes literarios. Ser artista es fracasar, como quería Beckett, y toda escritura es secreta, como quería Max Frish».Tal paradoja, que se da puñetazos con su exposición a la luz y su prolijidad editorial, la resuelve en los siguientes términos: «Publico tanto para no decir nada, absolutamente nada, y decirme a mí mismo que tengo éxito, cuando el éxito no me ha interesado jamás, porque es completamente estéril».
Al otro lado están los refugios a los que acude y de los que no reniega: «De los bares tristes y de las miradas huecas pueden extraerse pozos de petróleo. Lo sé bien. El éxito no es más que una convencionalidad, y yo he querido aquello que quería Gauguin, el derecho de atreverme a todo». ¿Ficción, realidad? ¿El escritor fabula sobre sí mismo?: «Quizás por todo eso, sí, me he inventado un personaje literario que es el que hace y rehace todos mis libros». Apela a Chesterton, cuando el novelista inglés desnudaba las falsas apariencias y sugería que «a algunos hombres los disfraces no los ocultan sino que los revelan». En cualquier caso, la transparencia de Diego Medrano es su propia escritura: «Yo creo que estoy muy presente en mis libros, en mis cosas, aunque todo ello lo utilice como antifaz para decirle a la rubia de las tetas grandes, justo detrás de la barra, que la adoro y no puedo vivir sin ella».
En cuestiones generacionales y de geografía particular, tampoco se muerde la lengua: «Para todos los escritores de esta región soy un escindido, como me han dicho varios espías que tengo por ahí, pero todos ellos me temen y me adoran. A mí el resto no me importa, la soledad de mi obra es mi propia soledad, si estuviese más acompañado nada sería igual». Es un extrañamiento que cuenta con antecedentes ilustres en el barrio de las toxicomanías: «Mi esquizoalcoholemia, como me dijo una tabernera un día de sol naciente, dejaría en mantillas y actimel a la del mismísimo Allan Poe. La vida, y eso nos lo enseñó Baudelaire, es un hospital donde cada enfermo sueña con cambiar de cama». Así que no deberíamos buscarle cinco pies al gato.
¿Qué es el arte?:
«El arte es lo que hace que la vida sea más importante que el arte», y la vida un asunto solitario: «Sólo sé dos cosas: una, que el camino se hace solo, y dos, que por algún motivo siniestro pertenezco a la ‘raza de los acusados’, como dijera Cocteau». Esa podría ser la última explicación, que también es un alegato a favor del silencio: «A mí el silencio me encanta, y escribo en silencio, y vivo en silencio, como los caracoles, que son los animales más perfectos que existen, porque son hermafroditas y siempre están callados».
En el epílogo, un credo: «Hay que ir por los bares, supongo, porque el cielo es el suelo. Lo dijo Fray Luis de León».
Mañana habrá quien diga otras cosas sobre la obra y su autor. Serán Luis Sepúlveda, Carmen Gómez Ojea, Lola Mateos y Lluis Xabel Álvarez quienes presenten el libro en Oviedo.
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