Los viajes por gusto llevan una carga de aplausos que se escuchan al regreso al campamento base, a la ciudad de la que uno ha partido. Porque el viajero se pone a recordar y a meditar sobre los escenarios recorridos e incluso los sabores degustados. Antonio Valle (Oviedo, 1969) defiende esta idea con denuedo en su tercer libro, Pasajero en Asturias, una colección de veinticuatro artículos que son cuentos, o de veinticuatro cuentos que son artículos, y que publicó desde 2004 en el suplemento «La Nueva Quintana» de LA NUEVA ESPAÑA.
Los viajes de Antonio Valle son breves: una salida, una parada de avituallamiento y un regreso, por aquello de la meditación y de la alevosía. Valle hace excursiones por veinticuatro concejos -la mayor parte de ellos, del occidente asturiano-, reconoce sus encantos más esclarecidos y come con cuchara, con detenimiento, con sosiego. Si las hamburguesas son «fast food», el culto oficiado por Valle es «slow food», es decir, comida con mansedumbre, de esa que da para conversaciones sin sustancia, para el regusto del paraje visitado, para regresar al territorio escondido.
Porque Pasajero en Asturias, aunque es un libro de viajes, no es una guía de lugares excelsos. Se trata más bien de un relato de ciertos encantos, un incentivo para conocerlos y un intenso empeño para que el lector deje su condición lectora y coja el coche. Que por mucho que a uno le cuenten encantos, si no se prueban se queda todo en palabras vacuas. Y eso es un incordio.
Los artículos que fueron saliendo en «La Nueva Quintana» todos juntos disfrutan de una unidad inusitada. Porque el narrador -urbanita, un poco dominguero- relata su sorpresa en primera persona del singular en cada viaje, porque tras una presentación de encantos hay parada y fonda, porque el humor impregna cada uno de los capítulos de esta colección viajera.
Sólo Antonio Valle es capaz de comparar el Museo Etnográfico de Grandas con el Ikea actual. Los artículos (o los cuentos) de Antonio Valle tienen también un barniz de ficción que atrapa al lector, que confunde realidad cierta con realidad contada. Y eso sólo da para unos pocos aplausos. Y es una lástima.
Reseña realizada por Saul Fernández en el Suplemento Cultural de La Nueva España
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