SABE bien aquel consejo que dio Manuel Vicent en cierta ocasión: «Jamás digas que eres escritor. Di que por las noches tocas el piano en cualquier burdel». Anda de promoción con su última novela (‘El día que me quieras’, Septem Editorial) y yo mantengo que, junto a las otras dos anteriores (‘Nómadas’ y ‘Los zapatos del quincallero’), Armando Murias, en su burdel literario particular, ha ejecutado su personal desencanto. Sus libros son apasionantes y él lo es todavía más. «¿A qué te dedicabas tú en Caboalles, de muy niño?». «A ser monaguillo, batirme en pedradas y refugiarme en la Enciclopedia Álvarez. Un sitio con tres mil habitantes, cerca de cuarenta bares y ni una sola biblioteca». «Has pasado por mil oficios y serenatas». «Marinero frustrado en Gijón, mecánico de coches en Francia, camarero en Torremolinos, animador del bar literario Tigre Juan, lector de español en Viena, y ahora profesor de instituto y borrachín ocasional». «Eres un hombre/orquesta y, siguiendo a Pitágoras, sabes que los males de los hombres son fruto de su elección y la música cura antes el cuerpo que la mente». «Soy aquel a quien sostienen sus amigos y que, durante un tiempo, compaginaba la docencia universitaria con poner cañas y cañas por las noches, junto a las respectivas clases particulares de la mañana».

«¿Qué es poesía?». «Descubrir, cualquier noche invernal, la primera página de ‘La Eneida’. E incendiado, no poder soltar el libro». «Dígame una buena máxima para acompañar con un vino malo o malísimo». «No tengas nunca prisa, pero despedaza al que te ponga por medio». «¿En qué consiste su bohemia, Mister Murias?». {En la de todos: abrevar en el bar más antiguo, con la conversación más inútil e intrascendente que pueda arrastrar la última recua de neuronas a mi disposición». «¿Qué es la alegría, Mister Murias?». «Ser joven e indocumentado, acaso feliz». «Dígame un uniforme para ser otro». «El chubasquero que yo llevaba en el Tigre Juan por culpa de las goteras y toda la mierda que había allí dentro».

«¿Qué es el arte?». «Tropezar dos veces en la misma piedra. Nada más humano ni apoteósico». «¿Existe el amor?». «Para mí, sí, porque soy daltónico. Debo ir palpando la vida con las manos». «¿Qué palpe usted mucho y con tino!».
LA LUNA A CUCHARADAS
Por Diego Medrano
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