El político y narrador gijonés publica su primera novela en castellano, ‘No miréis al mar’, setenta años de historia asturiana

Autor de obras de consulta tan significativas como el Diccionariu de la Llingua Asturiana, Xuan Xosé Sánchez Vicente (Gijón, 1949), se ha prodigado en los más diversos géneros. En materia novelística, había obtenido en 1984 el Premio Xosefa Xovellanos por ‘La muerte amiya de nueche’. Pero hasta ahora no se había introducido en renglones narrativos usando la lengua castellana. Lo hace con ‘No miréis al mar’. Y el resultado es una historia de gran calado que cruza la historia de Asturias desde 1937 a las jóvenes generaciones que representa su protagonista, José Alfredo.

-¿Por qué en castellano?
-Era una idea que tenía desde hace tiempo, que se acomoda bien al formato de la novela. Y también es verdad que tras el esfuerzo notable que me ha supuesto, quería dirigirme a un ámbito de lectores más amplio.
-¿Le supuso dificultades añadidas escribir en castellano?
-De algún modo, fue un reaprendizaje.
-La estructura mezcla tiempos y espacios. ¿Cómo la concibió?
-Se parte de una idea, que puede ser más o menos elemental, y después vas desarrollando la compactación de las escenas, la coherencia, la verosimilitud. Gran parte de la tarea la hice corriendo por la playa de La Griega, resolviendo los problemas a los que llamamos pre-escritura. Pero también hay mucha lima y limón posteriores a la escritura.
-Sin embargo, la impresión es que hay un gran gusto por la palabra, por el lenguaje creativo…
-Sí, por la palabra, por los textos paralelos y periféricos, por diversos niveles de lectura… Es lo que Cervantes denominaba como escritura desatada, con la que me siento muy cómodo, salvando las distancias. La literatura contemporánea se ha empequeñecido y se sujeta a la estética del cine.
-Hay episodios históricos muy concretos, ya sea la caída del cuartel de Simancas en manos republicanas o la inauguración de Ensidesa por Franco. ¿Dispuso de una gran base documental?
-Sobre todo, documentación de relatos personales. Por ejemplo, Benigno, el federal, que interviene en Simancas, era mi suegro. Otros datos me llegaron del padre de Clara Costales, que fue compañero mío en el PSP. Hay muchas fuentes testimoniales. Aunque, claro está, después es necesario contrastarlas en la hemeroteca.
-¿El gran tema es el de las utopías frustradas que acaban en sangre?
-Sí, la búsqueda del hombre nuevo que termina en desastre. Lo llevamos en los lóbulos frontales, desde siempre, desde la Babilonia de Ezequiel a los milenarismos medievales, acabando en la teleología marxista. Es el mito del Paraíso perdido que termina siempre, como dices, envuelto en sangre.
-¿Vale lo mismo la utopía marxista que la nazi-fascista?
-Esa es la verdad. No sólo en España, sino en toda Europa durante los años 30.
-¿No estaban unos más cerca de la causa de los desheredados de la tierra que los otros?
– No hay buenas utopías, todas están contra los pobres. Y el coste es el de la sangre y la miseria. En la novela se resalta cómo aquellos miembros de la izquierda que supuestamente corrían mayores riesgos cuando cae el frente de Asturias, huyen, algunos de ellos con los bolsillos bien pertrechados. ¿Los que se quedaron y fueron fusilados no corrían riesgos?
-¿Teme que esa posición equidistante suscite respuestas políticas?
-Disfrutaría con ello. Pero la novela es también humor y un retrato de la sociedad asturiana del presente, de jóvenes como José Alfredo que se preguntan al modo de Pleberio, «¿para quién edifiqué torres?». Es asimismo el escepticismo de su abuelo, viejo republicano.
-Y mucho sexo, rozando el incesto…
-Mucha concupiscencia, pero mediando un metanarrador irónico. Acepto que hay escenas para lectores solitarios…
-El final queda abierto. ¿La historia la empuja una mano invisible o el azar?
-La respuesta la tiene el lector.
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