Armando Murias presenta en el Ateneo Obrero su tercera novela, ‘El día que me quieras’, historia de una corrupción a ritmo de tango

Armando Murias (Caboalles, Ibias, 1955) posee una biografía con rasgos peculiares, lo que sin duda ha tenido alguna influencia en su modo de mirar el mundo que le rodea. Hasta una cierta edad no pudo coger un libro en sus manos -«’La Eneida’, y fue como descubrir el mar, que también lo conocí tarde, cuando hacía el bachillerato»-, ni tampoco están entre sus recuerdos la series televisivas en blanco y negro que contemplaron los adolescentes de su generación. En justa venganza, por así decir, tras un periplo viajero que le llevó a Francia como mecánico de camiones o a Torremolinos para trabajar de camarero, se licenció en Filología Hispánica -en los veranos de cada curso se ganaba el sueldo en la mina- y comenzó a escribir novelas.

Hoy presentará la tercera en el Ateneo Obrero de Gijón, ‘El día que me quieras’, que no sólo alude al tango por lo que tiene de sentimiento rasgado, sino porque «es un tipo de música con movimientos rápidos y pausados», que marcan el ritmo de la narración. Por supuesto, tampoco es ajeno el hecho de que el tango sea «arrabalero, creado en los burdeles y eminentemente popular».

Al protagonista de ‘El día que me quieras’, Ricardo, ya lo habían conocido los lectores de Armando Murias en su obra anterior, ‘Nómadas’, «la historia de un estudiante universitario militante en el trotskismo, que creía estar haciendo la revolución en las asambleas, hasta que conoce a un inmigrante caboverdiano que le demuestra que la revolución es otra cosa».

Nómadas‘ se situaba en los años de la transición democrática, allá por la mitad de los 70, cuando todavía se mantenía en pie la esperanza.

La entrega actual ha puesto mucho lastre en los pies de Ricardo. «Pasa de ser una persona muy responsable, un activista que se había licenciado en derecho para defender las causas de los trabajadores como abogado laboralista, a la opción que le lleva a la orilla contraria».

Por el medio está la caída del Muro de Berlín -«entendida a modo de metáfora de la izquierda, en general»- y un fracaso personal amoroso.Son los argumentos o la falta de los mismos, que empujan a Ricardo a ser «un oportunista, un estafador, un hombre al servicio de los chanchullos de la construcción». Estamos en los finales del siglo XX, cambalache.

Armando Murias entiende, acudiendo a otra vertiente del proceso de su personaje, que «la edad nos va moldeando en capas que casi ninguna es buena; se pierde la inocencia del niño, sus creencias, y nos vamos haciendo desconfiados y retraídos. La edad no nos mejora».En cuanto al amor que forma asimismo parte de la trama, el autor de ‘El día que me quieras’ interpreta que tiene una doble cara. «De un lado, está su aspecto floreciente y positivo; pero al lado se manifiesta de un modo constante la manipulación de la otra persona».

Ricardo termina viendo sólo su orilla negativa.

Murias, que a veces es tildado de bohemio aunque su profesión sea la de docente en el Instituto Jovellanos -«es por el tiempo que serví copas en el Tigre Juan»-, cree que «ya no hay sitio para el escritor bohemio» de principios del siglo XX. «Aquellos ‘ismos’ que se importaban de París, y que adquirían sentido como renovación de una literatura realista anquilosada, no encuentran lugar en un momento en el que la literatura tiende a ser bastante conservadora».
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