Aún no existe paridad entre varones y mujeres propietarios de empresas. Las redes de negocio son espacios esencialmente masculinos y ellas se encuentran frecuentemente más obstáculos a la hora de desarrollar proyectos. Es la opinión de Beatriz Junquera, profesora de Organización de Empresas de la Universidad de Oviedo y autora del libro «El género en la actividad empresarial: un estudio aplicado al sector cultural en España y Asturias» (Septem, 2008), recién presentado en la sede de la Federación Asturiana de Empresarios, con la presencia de Severino García Vigón, presidente de la Federación.

El machismo que Junquera sigue detectando en el mundo empresarial, manifestado en el difícil acceso a ciertos puestos directivos, en la mayor dificultad para obtener financiación, así como en la exclusión de las mujeres de las llamadas «redes informales», tiene que ver, según la autora, con el llamado «efecto género».
El estudio de la experta, basado en el análisis de una docena de empresas asturianas relacionadas con el sector cultural, detecta tres modelos básicos de mujeres empresarias. «Tras la investigación descubrí que existía un perfil femenino y, en función de las motivaciones de las mujeres para crear sus empresas, encontré que un 17 por ciento de los casos buscaba el desarrollo profesional; un 40 por ciento, su libre realización, su independencia, y un 43 por ciento perseguía la seguridad personal, es decir, emprendían proyectos para vivir», comentó Junquera y añadió que «es importante distinguir las mujeres que desean emprender proyectos empresariales de las que lo hacen por no tener más remedio». Este último grupo, el más numeroso, es también el más débil.
Según el estudio, las mujeres tienden a crear empresas de menor tamaño y les dedican menos tiempo que sus homólogos varones. Asimismo, el perfil femenino tradicional, caracterizado por una dedicación parcial al negocio, incide negativamente en el éxito de las empresas.
«A un varón le tienes que convencer de que no tiene un transatlántico. A una mujer, de que tiene una canoa». Es la forma gráfica en la que una empresaria explicaba a Junquera cómo la autopercepción de la capacidad de la mujer ante proyectos empresariales supone un lastre importante. Otro factor importante es también, para la experta, el hecho de que «el coste del fracaso de un proyecto es mayor para las mujeres».
Junquera considera que no hay que proponer un modelo masculino ni femenino, sino una cooperación entre los géneros según las contingencias. Se trata de la llamada «gestión de la diversidad», es decir, aprovechar las aptitudes de cada uno. «Es cierto que hay capacidades femeninas, habilidades de comunicación interpersonal, que son muy femeninas y de las que a veces varones con altos cargos carecen. Al fin y al cabo, la empresa es también la gestión del factor humano, y los factores emocionales son muy importantes», concluye.
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