Escribe como si tuviera fiebre, rompe las esquinas convencionales al modo de los malditos y se declara feliz, tal vez porque su pasión declarada sean las paradojas. Inútil buscarle clasificación. Diego Medrano (Oviedo, 1978) publicará en los próximos días tres nuevos libros.
-¿Usted es el rayo que no cesa?
-Publico tanto por varias razones. En primer lugar, porque me gusta el escritor-niño, que publica y publica para reafirmarse. En segundo lugar, porque adoro el tipo de escritor neurótico, obsesivo con lo suyo, en una dirección de la literatura más allá de la vida. Un tipo de escritor que siempre está escribiendo, y yerra, y a veces le sale lo que busca y otras se contradice, y algunas otras se repite, y la mayoría no sabe lo que busca ni lo encuentra, ni lo quiere saber, porque saberlo es estar muerto, muy muerto.

-Un poemario, narraciones de género híbrido y una novela. ¿Nos da algunas pistas?

-En este tramo de lo literario en mi vida concreta estamos ante tres realidades que me colman de placer. En primer lugar, un libro surrealista, o falso libro surrealista, que es el poemario: ‘Agua me falta. Tragedia y Neurosis 1999-2007’ (Septem). Llevo con esto unos ocho años, seguía una técnica muy compleja, escribía un poema y rompía los dos anteriores, hasta el resultado actual. Respecto a ‘Sobrevivir puede ser muy divertido’ (Difácil) es mi libro/carcajada, mi bohemia/humor, algo sobre lo que antes no he experimentado. Finalmente la novela, ‘Una puta albina colgada del brazo de Francisco Umbral’ (Nowtilus), que es o podría ser muchas cosas. La principal: una novela negra, caótica, que lo que busca es la esencia del superviviente en literatura.
-¿Se viste de escritor maldito?
-Yo tengo alma de fantoche, pero cada vez soy más un escritor que se oculta, que no le interesa que le reconozcan como tal. No lo sé, esto no es bohemia ni es malditismo, es más bien algo tipo Emile Cioran, salir poco de casa, comer en comedores universitarios por dos euros, negar que uno es escritor para, al mismo tiempo, alcanzar la escritura con mucha más fuerza y energía, en plan vikingo. El fantoche al uso bebe mucho, rebuzna en las tabernas, todo eso, tan divertido, pero que es cansino. Ya casi no bebo, el mito de mi vida es llegar a cierta paz en la escritura.
-¿Por debajo corre la angustia?
-Soy plenamente feliz con mi vida. La libretas baratas, el vino de la casa, los cuadernos, los libros viejos y sus humedades, el olor de los libros nuevos, algunas páginas dobladas y con escrituras paralelas en los márgenes. Los muñequitos que me compro en tiendas de chinos, las marionetas, algún sombrero, los abrigos largos y negros. Tener un concepto romántico de lo que haces, o dices, te salva de muchas cosas. Pero también soy contradictorio, porque creo en el modelo de la paradoja, ir contra uno mismo hasta hartarse.
-¿Umbral como modelo?
-¿Por qué Umbral? ¿Qué me llamó a mi la atención de Umbral? Muchas cosas: en primer lugar su condición de poeta sin interrupción, algunos de sus artículos estaban escritos en endecasílabos. En segundo lugar, su cabeza, que era una biblioteca, citaba siempre de memoria, vivía la literatura con una intensidad más allá de la vida. En tercer lugar su producción, escribir a cualquier precio: borracho, sereno, enfermo de próstata, escayolado, con cuarenta grados en Madrid en agosto, insomne, joven o agotado. Un concepto de la escritura mastodóntico, colosal, enorme. Todo un mundo, menuda galaxia.Y luego, me da igual su ego, me da igual que se repitiese en muchos libros, lo que admiro es el amanuense, el trabajador del idioma, ese tipo de escritor que se pasa la inspiración por el forro de los cojones y no baja de las seis u ocho o catorce horas diarias de trabajo. Toda esta soledad inmensa del creador literario. Decía Umbral: «Más solo que un escritor, imposible». Quien lo haya probado, lo sabe.
-¿Proyecta los libros o surgen?
-Yo no me marco proyectos. Esto es importante para mí. El escritor que habla continuamente de proyectos es que no tiene ninguno. Yo acabo un libro y empiezo otro, sin más. No se producen largos espacios sin hacer nada o pensando lo que voy a hacer. Lo que podríamos llamar el proyecto, que jamás es tal, lo vas ideando cuanto te afeitas, cuando descansas, cuando comes, cuando se te va acabando un texto, cuando vas en un taxi a alguna parte porque llueve mucho, cuando te lavas los dientes. Todo eso es una escritura mental, cerebral, que luego salta al papel con el hábito, con la jornada diaria. Yo no tengo proyectos, salvo uno, que sea algo diario en prensa de una puta vez. Eso sí que podría ser un proyecto, pero tampoco es así, porque los periódicos son otra cosa. Y respecto a la lectura, no sé como explicártelo, es como orinar. Yo leo siempre. La televisión no me interesa, Internet tampoco, el cine sí, y cada vez más los viajes.

-¿Tiene vida fuera de las paginas?

-¿Lo que más me interesa del mundo? Los amigos, el presente. No sé, reírse es algo muy terapéutico, que pega mucho con lo patológico de la escritura. Hay casos perdidos, cuya vida es un infierno, y no han dejado de reírse un instante. Kafka, Pessoa y Nietzsche, si vamos a lo biográfico, no dejaban un instante de descojonarse en público y vivir la travesura al límite. Los dramáticos irresolubles, siempre trágicos, son los mejores compañeros de cañas: ningún humor mejor que el del desastre.

-¿El éxito y el fracaso tienen algo que ver con la literatura?
-El éxito y el fracaso merecen ser revisados. En un plano externo o social, tanto éxito tenía Celaya, que malvivía, como Pérez Reverte hoy, multimillonario. Ambos vivían o viven de sus ingresos. Ambos venden su escritura en un tiempo y viven de ello. Lo que me asquea es el escritor que vive de la rentas de mamá; mamá pasa un dinero a una cuenta y ellos viven de ello. Eso deberías estar penalizado. Buscarse la vida es anterior a toda escritura. Aunque a mí, qué quieres que te diga, me fascina ese escritor octogenario, que dice a los medios que anda liado en tres novelas a la vez, después de una vida entera de callos, folios, libros y torturas.

-¿Has visto algo más bonito?

-Ese escritor con las manos como una cafetera, por culpa del parkinson y manantial de luz e ilusiones en la mirada. Eso es tomarse las cosas en serio, nada de cuatro folios al año y mamá, mientras, pagando putas, drogas o borracheras.
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