Por Diego Medrano
El próximo viernes 29, en la carpa del VI Salón del Libro Asturiano de Tomás y Valiente (Gijón), Manolo D. Abad presenta su gran obra y arañazo crepuscular: ‘Vasos sucios en la madrugada’ (Septem Ediciones). Manolo viene de una hidalguía maravillosa, una bohemia rotunda, unos espaguetis que me invitaba a cenar en su ‘tebaida’ acompañados de Rioja de súper, lo que a mi me pone las pilas. Manolo es un calvo espía, tiene tres mil referencias musicales en su coco, se pasa a los clásicos por el arco de triunfo y él lo que quiere es vida, aullido tras aullido. Si ni Proust ni Henry James son literatura (como dice Cormac McCarthy, debido a su ausencia de vida) Manolo es justo lo contrario: vida antes que cualquier clase de prudencia, vida como grito y espanto, vida como purpurina y piñata escolar o abalorio hippy y mágico. A los espaguetis les echaba cosas raras y, tres botellas de tinto después, cantábamos rancheras por el balcón mejor que Chavela Vargas. Su literatura es pura, en un sentido médico, higiénico, ajeno a citas, metaliteratura, para sólo hablar de lo que importa: el corazón que late y la luna que se come o bebe a cucharadas. Manolo viene de mil escrituras, de mil libretas, de mil conciertos, de una unión extraña entre música y literatura, de un concierto sempiterno y una o dos borracheras primaverales, casi bajo prescripción facultativa. Manolo, Manolín, tiraba por la ventana los libros que no le gustaban, los traumas que no tiene, la peluca que le falta y esa sonrisa de lobo nocturno, acostumbrado a los mejores escotes. Hace terapéutica en literatura: nos enseña esto, lo que mas importa, el aquí y el ahora, el cubata de ahora mismo, el amor inmediato, la vida que es esto mismo, lo que se apura al límite, el caramelo que no se puede dejar para mañana.
Su profesión es la de buscar la curvatura de los horizontes y tiene un instinto dinamitero de Piel Roja (leer en Kafka tal concepto). Manolo ha hecho una falsa autobiografía, a través de mil personajes muy hechos y un humor escorado, diagonal, que le sale como escalofrío, ventarrón de emociones sin tregua. Manolo, Manolín, gesticula como hechicero, ríe en inglés, tiene una extraña movida londinense en su cabeza, peina los antros con su perilla de chamán alucinado. Yo iría al acto, sólo para verle, sólo para leerle sin miedo.
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