Nacido en Oviedo, en 1969, Antonio Valle ha publicado hasta el momento los libros de relatos ‘Perversiones (Aventuras inevitables)’, ‘El día más feliz de mi vida fue cuando se estrelló el camión de foskitos‘, la recopilación de artículos en la que nos lleva por los itinerarios de sus viajes, ‘Pasajero en Asturias (de ilusiones palpables y otros manjares)‘ y el volumen de literatura infantil ‘Tino y la alfombra mágica’. Su última entrega a la imprenta, que aquí da pie a las reflexiones del autor, es ‘Solos‘, donde insiste en el género que prefiere, la narración breve, manteniendo un estilo original cuyo cuño le identifica -en el que apenas se advierte la presencia del narrador, diluido en las historias que nos cuenta- y una atención plural a los acontecimientos, que pueden desarrollarse en Washington o en un espacio rural perdido entre montañas.

-¿Estamos tan solos como pudiera deducirse del título de su libro, o esa soledad es una licencia literaria?
-Es una visión que permite el juego en las narraciones, con el lector y con el propio escritor. En la realidad, estamos bastante más acompañados. A veces, puede que incluso demasiado.
-Hace diversas recapacitaciones a lo largo de los textos, en torno a los géneros del relato y la novela. ¿Cuáles son las diferencias?
-El relato es pura intensidad. Ha de agarrarte desde el principio y mantenerte en vilo hasta el final. En eso, es parecido a la poesía. La novela, por el contrario, debe incluir descansos. Si tuviera la intensidad del relato, sería insoportable. No exige el mismo compromiso de lectura.
-Los escenarios de las narraciones son muy heterogéneos. ¿Qué le conmueve de cada uno de ellos para trasladarlos a la escritura?
-Hay historias basadas en hechos reales y otras que carecen de referencias concretas. Lo que intento es situarme en el punto de vista que pueda resultar más interesante, a través de un narrador que no es omnisciente. El hombre solitario frente al entorno.
-¿Se da una pizca de mala leche en el tratamiento de algunas peripecias?
-Sí, señor (ríe). Mala leche o reajuste de la realidad. Un cierto desquite. Es lo que los franceses llaman el espíritu de la escalera. Circunstancias ante las que no reaccionas porque no las sabes resolver en aquel momento, que te quedan incrustadas y después van surgiendo en los relatos. Puede que sea una terapéutica, aunque sin maniqueísmo de buenos y malos.
-Son múltiples las alusiones al cine de los años dorados de Hollywood. ¿Nostálgico?
-Tengo claras influencias del cine y el cómic. Sucede que ahora el suspense -‘Vértigo’, ‘El hombre que sabía demasiado’…- no se lleva mucho a las pantallas. Hoy los estilos son más violentos y ese tipo de suspense ha adquirido mayor crédito en la literatura.
-Casi por derivación, medita acerca de la figura del héroe…
-Hoy no tenemos héroes clásicos. O yo no sé cuál sería el prototipo. John Wayne sólo tendría sentido como parodia. El héroe sería la persona de la calle obligada a actuar. Jesús Neira, por ejemplo.
-La forma en la que concluye el libro es muy cortazariana. Y relatos como ‘Tres golpes’ rezuman el espíritu de Kafka. ¿Lo asume así?
-Sin duda. Kafka es el verdadero inventor de la literatura moderna. Todos hemos de reconocer esa influencia. Aunque en mi caso, con menos angustia.
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