Lo conocí hace varios años; nos encontrábamos con cierta frecuencia, siempre en reuniones institucionales, y de esas breves charlas pude extraer su discreción y su buen humor. Poca cosa al compararla con la contundente personalidad que descubrí una vez sentados frente a frente. Lejos del cortés soldado de salón, encontré a un hombre profundo, muy culto, reflexivo y apasionado, con las ideas y muy claras y esa natural transparencia que emana de la honradez. Por mi pensamiento pasaron los últimos versos del poema de Calderón de la Barca «… que en buena o mala fortuna/ la milicia no es más que una/ religión de hombres honrados». Estábamos en otra dimensión social, otra gente, otra historia.

Rafael González Crespo nació en Santander (1947), segundo varón de cuatro hermanos; el mayor también es coronel de Infantería. «Hay quien asocia mi cuna con Limpias, porque al ser el pueblo de mi esposa, Luchi Ayestarán, tenemos allí una casa desde hace treinta y siete años». Tras iniciar el Bachillerato en el colegio de los Salesianos de Santander, su padre, Antolín González, fue destinado al Regimiento «Simancas», de Gijón; por tanto, Rafael hubo de continuar sus estudios en el Instituto Jovellanos, para terminarlos de nuevo en los Salesianos.

-Parece una premonición… condenado a vivir en Asturias…
-No, Asturias nunca ha sido una penalidad, sino un destino muy agradable. Por mi condición de animista, pienso que las ciudades tienen alma, y Gijón ostenta la suya con toda claridad. Es una urbe que responde al patrón de los liberales franceses, «laissez faire, laissez passer», dejad hacer, dejad pasar. En Gijón a nadie le preocupa cómo vive el vecino de al lado. Y me gustan las ciudades pequeñas. Hace poco me preguntó un oficial inglés por qué no había aquí una tumba al soldado desconocido. «Porque todos nos conocemos», le respondí.

-¿Cómo recuerda aquella época de sus quince años gijoneses?
-Me impresionaban los bigotes del jefe de mi padre, Antón Sáenz de Santa María. Pese a no ser alto, para un chaval su figura era impresionante. Después de terminar el Bachillerato en los Salesianos, me fui a Madrid, al Colegio de Huérfanos del Ejército, para preparar mi ingreso en la Academia Militar de Zaragoza. Una vez admitido, a los dos años me trasladé a Toledo, a la Academia de Infantería. Luego vinieron los destinos: Vitoria, Burgos, Navarra, en el Valle del Baztán, Santander, Madrid, Santander, Burgos de nuevo, Oviedo y Gijón.

-¿Su mejor etapa?
-La de capitán de Infantería. Eso hay que vivirlo para entenderlo. Recuerdo que Camilo José Cela publicó un artículo en «La Vanguardia» sobre este tema y puede que haya sido lo más hermoso que escribió en su vida; consta, enmarcado, en las paredes de muchos despachos. Mandar a un puñado de hombres que te reconocen como su jefe, que sabes que te siguen porque te quieren y no por el mero nombramiento… es algo que llega al alma. La infantería española es la mejor del mundo y no porque lo diga yo; está reconocido mundialmente. Cuando hay que pringar, se comporta como nadie. Todo va en el paquete: los mandos, la logística, la organización, los medios… pero el material humano es lo principal. Si no hay buenos soldados…

-¿No hay diferencias territoriales? ¿Es igual un soldado navarro que un andaluz?
-La actitud general es excelente, la prueba es que los países en conflicto, adscritos a la ONU o la OTAN, siempre piden la ayuda de soldados españoles. Hoy, en el Líbano, está el Regimiento «Príncipe», pero nadie lo llama así, sino que siempre se refieren a «los asturianos». ¿Quién viene a relevarnos? Los asturianos. Pese a que el Regimiento “Príncipe” tiene un pasado glorioso, 425 años de servicio que bien merecerían un reconocimiento, como la medalla de plata de Asturias, el premio “Príncipe de Asturias” de la Concordia… La primera compañía de este regimiento que salió al extranjero fue la compañía «Asturias». Pienso que tanto amor por esta tierra bien merecería un gesto.

-¿Está de acuerdo con la profesionalización del Ejército?
-Es algo natural, consecuencia de la evolución de la sociedad, como un reflejo de los tiempos. Ir de las levas a la profesionalización era un camino inevitable. Hoy se precisa de gente muy cualificada porque los medios y los materiales son muy sofisticados. El Regimiento «Príncipe», por ejemplo, es duro porque trabaja muy duro, sus entrenamientos son exhaustivos, y no vale cualquiera. Y no iríamos a misiones internacionales si no fuera por su alto grado de preparación.

-¿Qué supone ser delegado de Defensa de Asturias?
-Llegué en 2000, recién creado el despacho, al que casi todos llamaban Gobierno Militar. Lo primero que hice fue quitar los leones de la entrada, para que nadie tuviera miedo. Abrimos las puertas, quise que se supiera que éramos una herramienta más de la Administración del Estado. Me correspondió una época complicada al coincidir con el fin de la mili y encontrarnos con pocos voluntarios.

-¿Se superó esa crisis?
-Con creces. En la actualidad todas las unidades están al completo y dando una imagen excelente; los soldados son los propios divulgadores. Además, al terminar su primer contrato, pueden quedar en el Ejército o, si lo dejan, disponen de muchas salidas. Yo aconsejaría a los que vienen que no piensen en el presente, sino en el futuro, que aprovechen las facilidades. Incluso hay un convenio entre el Ministerio de Defensa y las asociaciones empresariales -por cierto, el primero se firmó en Asturias, con la FADE- dando magníficos resultados. Esta gente que deja el Ejército es muy apreciada porque ha adquirido hábitos de disciplina, rigor y esfuerzo.

-Y una vez organizado el personal…
-La Delegación de Defensa también se ocupa de gestionar el patrimonio, que en Asturias es muy importante al disponer de muchos edificios, muchas instalaciones… ahí está la Fábrica de Armas. Sólo el Regimiento «Príncipe» habita una superficie de 10 millones de metros cuadrados. También ostentamos la representación institucional del Ministerio de Defensa… No hay tiempo para que se aburra nadie. Y controlamos la cría caballar, que ha disminuido, pero se lleva un registro de los caballos de raza, con su DNI, el nombre de su dueño, su historia. Esa inspección siempre la llevó el Ministerio de Defensa.

-Y llegó el año 2006…
-Sí, pasé a la reserva y pude dedicarme a esas cosas que todo el mundo dice que no hace por falta de tiempo, una falsedad para encubrir la pereza; así que no tuve otro remedio. Escribí un libro, «El lado cálido de la guerra fría», editado por Septem, que se vende bien, pero sobre todo en él he dicho lo que tenía que decir. Que estamos equivocados en muchas cosas, que debemos dejar de lado el maniqueísmo; no siempre somos los buenos. El mundo eslavo no nos es tan ajeno, incluso nos parecemos mucho a los rusos. No hay nada más cálido que un amigo ruso cuando te acoge en la cocina de su casa, el lugar más íntimo para ellos. El término «guerra fría» lo inventó un senador norteamericano, Bernard Baruch, refiriéndose al carácter de guerra incruenta, no al frío de Siberia. Tanto miedo unos a otros, tanto cine al respecto… Ellos no tiene películas en las que los malos seamos nosotros.

-¿Ha entrado usted en alguna cocina rusa?
-Sí, es el lugar de honor. Cuando la has pisado, ya formas parte de la familia. Estudié mucho la cultura eslava y durante tres años formé parte de una ONG de ayuda a los orfanatos rusos, tan precarios. Tuve que viajar con frecuencia a Rusia para colaborar en la organización de su infraestructura, en su administración, pero todo acabó complicándose; el problema surge cuando quieres hacer más de lo que se puede. Aparte, mi actividad profesional me impidió seguir.

-Y se había retirado tan feliz a su Santander…
-No, en este lapso de tres años siempre estuve a medio camino entre Santander y Asturias. Mis dos hijos, chico y chica, se han casado con asturianos; mi yerno, también militar, está en el Líbano y mi nuera trabaja en la empresa Vesuvius. De pronto me ofrecieron venir a Gijón como director de la residencia militar Coronel Gallegos y acepté encantado. Es un centro en el que viven oficiales y suboficiales del Regimiento «Príncipe», y algunos familiares. Está en El Coto, frente al antiguo cuartel del Simancas, y su finalidad es prestar alojamiento, y también apoyo logístico, a las familias de los oficiales.

-¿Le gusta ese trabajo?
-Es otra forma de servir, de ser útil; eso es gratificante. Y me encanta Gijón. Mi contrato es de dos años, prorrogables, y llevo seis meses, pero la edad avanza…

-¿Le queda tiempo para el ocio?
-Sí, lo empleo en mi familia. En escribir y leer. En cuanto al deporte, en Gijón me había iniciado en el balonmano, alineado de portero, luego jugué al tenis; el golf no logró engancharme, y ahora hago senderismo, que con un buen bocadillo de chorizo es el acabose. Mi destino mejor y más feliz ha sido Asturias. Siempre he pensado que Cantabria y Asturias deberían haber ido de la mano, tienen muchas analogías, comparten un mismo estilo de vida, hay un espacio geográfico con idénticos problemas… Habrían conseguido más fuerza social y política.
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