El orden de los factores no altera el producto. El coronel Rafael González Crespo (Limpias, Cantabria, 1947) ha sido y es militar, viajero al que le gusta perderse para encontrar en el itinerario los placeres de la exploración, y en las orillas de ambas dedicaciones, un amante de la literatura. O sea, un hombre cabal al que le caben en el escudo las armas y las letras, tal como fue tradición en nuestra Edad de Oro, época que menciona al comenzar el diálogo cuando se le pregunta acerca de posibles incompatibilidades entre la espada y la pluma. Cervantes cortaría ese nudo gordiano con argumentos más que probados.
Rafael González Crespo acaba de publicar ‘El lado cálido de la guerra fría. Asalto al Cáucaso‘ (Septem), donde da muestras patentes de una condición analítica rigurosa, revestida por un tono cordial en el que la disciplina intelectual no riñe con la amenidad y las observaciones personales al paso.
De algún modo, Rusia es el segundo país de quien fuera delegado del Ministerio de Defensa en el Principado de Asturias entre los años 2000 y 2005. Y esa familiaridad con el Este europeo otorga una vibración singular a la obra. Como declaración preliminar, hace una descripción general:«Rusia es un orden a partir de un caos, por lo que el único método para abordarla es partir de ese caos».
La historia de la vinculación entre Rafael González Crespo y el gran gigante eurasiático, como todas las historias, comienza mucho antes. En su linaje familiar, sólo existía un antecedente militar de carácter circunstancial. Un padre sub-oficial, que lo fue accidentalmente a causa de la guerra civil, a quien siempre admiró y hubiera querido parecerse, pero que no le inoculó ninguna tendencia pretoriana. Serían sus lecturas tempranas de ‘Miguel Strogoff’ y otras novelas similares, las que propiciarían su vocación por la milicia y el incipiente amor por los pueblos eslavos.
En la Academia Militar de Zaragoza, ingresó en un año simbólico para la juventud occidental, 1968. Y no tiene reparo en admitir que aquella marea de rebeldía pudo salpicar de alguna manera los cuarteles. Fuera como fuese, haciendo camino al andar, una vez que formó filas en la COE número 61, un compañero de servicio le introdujo en la cultura rusa. Se inició con los diccionarios más elementales. «El problema es que tienes que pensar en eslavo para poder traducir textos rusos», explica. Y ahí había que ponerse el gorro siberiano.
Visitó Moscú en múltiples ocasiones. Y se desplazó a Klintsky, en el sur de la inmensa nación. El viaje iniciático le sorprendió por la complejidad burocrática y la cerrazón en las fronteras de los países orientales. A pesar de sus conocimientos del idioma ruso, «lo imposible era más que imposible», sintetiza.
Sin embargo, la pasión ya había anidado:«Los rusos se sienten más europeos que otra cosa. Son ásperos, pero te acaban ganando. Los amas, te decepcionan y vuelves a enamorarte otra vez. Y a los españoles nos adoran. No es raro encontrar en Moscú a personas que hablan español», asegura.
Otra dimensión adquiere el plano histórico:«Siempre han sido imperio, y quieren seguir siéndolo, en tanto que Occidente va alargando la línea de penetración oriental con el propósito de aislar Rusia e incorporando países problemáticos».
El mapa descrito es la clave de bóveda de ‘El lado cálido de la guerra fría’, y nos transporta al hecho de que «la guerra fría sigue existiendo, aunque en este momento no son las armas nucleares las que protagonizan la confrontación o la disuasión, sino los productos energéticos». En aquella área está buena parte de los suministros que alimentan nuestros automóviles y nuestras calderas. El Cáucaso sería el polvorín en el que se dirime esta nueva estrategia. Sin olvidar Afganistán, que a juicio de González Crespo es un pasillo alternativo a los oleoductos y gaseoductos por la vía del Océano Pacífico y un vector significativo de la guerra afgana. La recomposición del ajedrez político entre Washington y Moscú, queda reflejada en el texto de modo elocuente:«La ‘defensa de la seguridad’ se emplea a conveniencia y (…) siempre trata de garantizar el modo de vida de una parte del mundo».
Entretanto, las mafias parecieran haber tomado las riendas en la Rusia post-comunista. Pero tampoco esa deriva en la vertebración social es considerada por el coronel una exclusiva de aquellas latitudes:«Las mafias rusas tienen los mismos orígenes que se dieron en Italia o en América, las grandes depresiones económicas, que extraen lo mejor y lo peor de la condición humana. Las mafias no las inventaron los rusos. Y hoy en Rusia se pasa hambre, hambre física, no meros apetitos. La edad media en la que mueren los hombres es de 53 años, y sólo un poco mayor en las mujeres. Casi como en los países africanos».
Frente a las estampas negras, allí conoció a artistas eminentes, de los cuales conmueve la figura del pintor Alexei Malitsev, quien «después de quedarse ciego, continuó pintando cuadros, distinguiendo los colores por la temperatura de los óleos». Es inevitable evocar al Beethoven que escribió grandes partituras tras perder el oído.
El arte y la paz. El libro concluye apelando a la segunda:«La paz no es una utopía. La paz es un quehacer cotidiano». El autor agrega en el diálogo una breve glosa:«La paz no la construyen sólo los militares, sino el trabajo digno de cada familia. Las Fuerzas Armadas tienen la obligación de salvaguardarla, pero también se hace día a día con la fiambrera en el andamio».
No podíamos finalizar sin apelar a dos virtudes castrenses, el valor y el honor. Estas son las definiciones que hace de las mismas un militar humanista:«El valor y el miedo van juntos. Todos tenemos miedo. Quien no lo tiene es un insensato. Lo importante es superarlo cuando está en juego un bien superior. Y el honor es levantarse cada mañana dispuesto a hacer las cosas mejor». Desde su actual destino, en la dirección de la Residencia Coronel Gallegos, de Gijón, ese es su empeño cotidiano.
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