Cartas rusas
Marcelino Iglesias y su reconocimiento a los vencidos en la novela Ligeros de equipaje

JULIO ANTONIO VAQUERO IGLESIAS

En un tren que hace el trayecto Leningrado-Moscú viaja una expedición de niños de la guerra, la mayoría de ellos asturianos, que han sido trasladados a Rusia para evitarles los peligros y las penalidades del conflicto bélico. En el mismo vagón se encuentran Fidelia, la maestra que está al cuidado de los niños y Fabián, un niño asturiano de 12 años, cojo, de gran sensibilidad, que procede de una aldea minera de la cuenca del Nalón, en la que hace años, en la segunda década del siglo, había impartido sus primeras clases la maestra. Fabián la reconoce por una fotografía colectiva que existía en su casa, en la que la maestra posa con su madre y sus tíos que habían sido sus alumnos. Esa fotografía era algo así como un icono familiar y comentándola innumerables veces su madre le había hablado de su maestra como alguien que había tenido un papel decisivo en su vida por el amor a la lectura y a los libros que le había inculcado y por el ejemplo de su vida. La maestra se da cuenta de la atención que le presta el niño y descubre así quién es y entre ambos se establece una intensa corriente afectiva y sentimental a lo largo del viaje.
Ese encuentro lleva a Fidelia durante el viaje a recordar todo lo que había supuesto aquel primer destino escolar en Fuentes de Besar en su vida; y a Fabián a recrear con su imaginación la sencilla, agradable y bucólica vida que llevaba en su aldea natal. Para el muchacho esas reflexiones son un modo de contrarrestar la tristeza que siente por la separación de su madre y familia y por las sombrías perspectivas de la nueva vida que empieza en un país tan diferente por su paisaje y por su clima de su Asturias natal. Para combatir el miedo que le produce el destino incierto que supone este viaje y conjurar la amenaza que presiente de un prolongado desarraigo que pueda suponer la pérdida de su identidad y el olvido de su origen, Fabián mira continuamente la hora en el reloj Longines que su abuelo le ha entregado en la despedida, repite y repasa machaconamente los nombres y la imagen de sus familiares, como le había recomendado encarecidamente su abuelo que hiciera. Porque: «Mientras sepas quién eres y de dónde procedes- le dijo- seguirás siendo tú, estarás a salvo del olvido».
Fidelia toma notas y escribe en el tren una carta a la tía de Fabián, Olaya, la que fue su amiga íntima durante su estancia en el pueblo, del que la maestra fue expulsada por su participación en una huelga minera; Fabián, en su cuadernillo, redacta por su parte un borrador de la carta que escribe a su madre y abuelos contándole las incidencias del viaje. Esas cartas son las «cartas rusas», como se las conoce en la familia. La única fuente de información que tiene ésta de lo ocurrido en aquel viaje. Y que han sido la última comunicación y las últimas noticias que la familia tuvo de Fabián y la maestra.
Esta es la trama argumental de Ligeros de equipaje (Septem Ediciones, 2010), novela que ha merecido el pasado año el II Premio de Novela Ciudad de Noega patrocinado por la cátedra Jovellanos de Extensión universitaria de la Universidad de Oviedo y la editorial asturiana Septem Ediciones y cuyo autor es el catedrático de Lengua y Literatura del IES «Pérez de Ayala» de Oviedo, Marcelino Iglesias.
De su lectura cualquier lector medianamente avezado deduce inmediatamente que no estamos ante un escritor novel, sino ante novelista maduro (son varias ya las novelas que ha escrito y alguna de ellas ha sido también merecedora de algún galardón). La aparente sencillez de la estructura de la novela nos oculta, con una gran habilidad, un artefacto literario de cierta complejidad: capítulos numerosos y muy cortos con títulos muy sugerentes dedicados cada uno de ellos a un aspecto diferente que puede ser un sentimiento, un recuerdo, un paisaje?.; mezcla de géneros, el narrativo y el epistolar; temas sugestivos, pero no traídos por los pelos, como el que dedica al peculiar diccionario que trata de elaborar Zacarías, el tío de Fabián, con sugerentes comentarios de algunas expresiones coloquiales asturianas y del original significado que aquél da a algunas palabras; o las referencias continuas a autores y obras de la literatura universal ( como se refleja incluso en el propio título del libro con el verso de Antonio Machado) que son una verdadero canto al gusto y el placer por la lectura. Pero, sobre todo, destaca en esta novela la pulcritud y exactitud con que el autor maneja el lenguaje. Ese minucioso y esmerado empleo de las palabras que exhibe el autor recuerda en alguno de los pasajes al detallismo y precisión de los cuadros de los pintores de la escuela flamenca.
Toda la novela está, además, inmersa en una atmósfera de reconocimiento y homenaje a los vencidos de la guerra civil y de crítica a la injusticia que ha supuesto la desmemoria y el olvido con que se les ha tratado en la etapa democrática, como ha ocurrido en este caso con los llamados «niños de la guerra». En fin, estamos ante una emotiva y bien escrita novela, que bien se merece el premio que ha obtenido.
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