Me llamo Teresa
Portada de ‘La madriguera
Me llamo Teresa
y mi nombre es lo único que siempre fue mío.
La primera
impresión que me produjo La madriguera,
de Aurora García Rivas, fue la misma que me producen algunos
cuentos de Chéjov por su naturaleza enigmática: un relato en el que
parece que no pasa nada pero pasa todo, cuentos de apariencia
discreta que requieren reflexión y análisis para superar la
evidencia. Ni el título ni la portada, evocadora de la pintura de
Hopper, aclaran nada del relato, es leyendo la novela que alcanzamos
a entender ambas cosas. Pero no esperemos un final impactante, la
narración dirige al lector hacia la conclusión natural de una vida
vivida, la de Teresa, y la de otros personajes que tuvieron menos
fortuna en el conflicto que cada cual sufre con el mundo. Con ayuda
de una narrativa fluida, impregnada de un lirismo tejido con engañosa
facilidad, y un léxico escogido, la autora nos conduce por senderos
que nos permiten conocer mejor la vida sin caer en lugares comunes.
No seré yo quien
desentrañe el argumento de la obra porque eso le corresponde al
lector pero sí quiero señalar brevemente que en esta novela
fundamentalmente femenina, que cuenta el devenir vital de una saga
familiar, la protagonista, personaje crepuscular, recorre el espacio
y el tiempo a través de la técnica del flashback rememorando éxitos
y fracasos en la búsqueda de sí misma a través de la pintura para
volver al origen, a su tierra leonesa , a esperar el final.
El relato en
primera persona vertebra la narración aderezada con la presencia de
Daniela, su fiel compañera de viaje y responsable involuntaria, o no
tan involuntaria, de los diversos estados de ánimo de Teresa en el
corto período de tiempo presente que abarca la novela:

Daniela nos
mira ya sin sorpresa. Sé que me ha pillado. Somos un par de damas
astutas, sin nada importante que hacer, que se azuzan entre lo
absurdo y lo banal.
(Pág.71)
La narración avanza a través de personajes magistralmente descritos
y la infancia feliz pasada en La Cueta, en contraste con la infancia
de algunos miembros de la familia en La Cabrera:

Reme era menos fuerte que los demás. Sus ojos claros y el pelo
rubio la distinguían de los otros y parecía una bestiecilla llegada
de algún lugar lejano y desconocido. No tenía muchas luces ni mucha
capacidad para nada. Enfermiza, débil, callada y dócil como un
cachorro olvidado entre la ceniza, iba creciendo sin
entusiasmo.
(Pág.45)
La historia de España está muy presente en el libro pero en la
medida que afecta a los personajes y no como un tratado histórico
del siglo XX, conocido por todos.

La profusión de personajes secundarios, con su polifonía coral de
voces que se intercalan y suceden, hace de esta novela un
caleidoscopio humano descrito con el mismo detalle que los espacios
(privilegiando las comarcas leonesas de Babia y La Cabrera, y París).
Este estilo descriptivo, con un fino uso de la adjetivación en el
difícil arte de poner nombre a las cosas, se hace extensivo también
a las escenas narrativas y a las sensaciones, como si de un guión
cinematográfico se tratara:


La calle
Oscura, sólo lavaba sus miserias cuando llovía, pero todo se
juntaba al final y atascaba las alcantarillas que rebosaban de
espumarajos y desperdicios pestilentes, así que la hediondez y las
miasmas se respiraban sin remedio.
(Pág.73)

El hambre nunca
se olvida. Es una sensación cruel y destructiva: en el punto medio
exacto del estómago se hace un vacío inmenso y una especie de ola
caliente te sube hasta los dientes.
(61)
Aurora García Rivas
No puedo olvidar el acertado análisis del ambiente artístico del
París de la bohemia, tan idealmente cantado por la literatura, entre
la miseria de la supervivencia inicial y el fasto del triunfo
posterior en el que Teresa no participa.

Ningún
hechizo, ningún misterio nos acompañaba, salvo el milagro de ir
pasando los meses sin morir en cualquier buhardilla sin luz y sin
fuego. Sólo alguien ajeno a lo que allí se esconde puede ver el
prodigio de la luz colándose entre las ramas desnudas del invierno o
incidir en la cúpula de la basílica que corona la colina de
Montmartre, blanca, petulante, fea.
(Pág.69)
En una narración rica en matices como la de La madriguera caben
temas tan humanamente universales como la soledad y el hastío, la
incomunicación, la alteridad, el amor y la muerte que planea sobre
toda la novela.

Me siento
cansada de cada minuto vivido sin necesidad. No deseo morir pero
busco quimeras, ansío una vida llena de emociones como si eso fuese
posible. Mi mente trabaja a destajo, pero mi cuerpo casi no responde
a esos estímulos. Me siento prisionera no sé muy bien de qué, pero
mi último instinto, mi última esperanza, me ata a cada día que
amanece.
(Pág.123)
Todos y cada uno de estos aspectos no pueden soslayarse si hablamos
de experiencias vitales, a todos nos competen.

Para finalizar me gustaría apuntar que La madriguera, de
Aurora García Rivas, me recuerda la elegante prosa del romántico
alemán Eduard Mörike, cuyos temas recurrentes eran la presencia de
la muerte y el poderoso influjo del arte en el hombre.

Luis Racionero dice que lee para vivir mejor, Aurora escribe para que
sus lectores vivamos un poco mejor porque el hechizo de la literatura
nos alivia de la pesadumbre existencial.


Marián Suárez García

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