Ovidio Parades.
A continuación reproducimos el artículo de Ovidio Parades publicado, hoy, en su blog “El extraño viaje” sobre la última novela de Aurora García Rivas “La madriguera”.

Hay días en que uno no tiene demasiadas ganas de hacer nada,
ni siquiera de relacionarse con los demás. No se trata de tirar la toalla ni
nada de eso. Sólo de tomar un respiro, de darle al cansancio lo que reclama, de
reflexionar. Son días extraños y liberadores al mismo tiempo. La vida sigue su
curso y contemplas desde tu refugio el paso de las horas, ajeno a cualquier
intento de provocación que proceda del exterior. Ni siquiera el sonido del
teléfono es una disculpa, que siga sonando hasta que se cansen, qué pesados. Lo
mejor, en estos días, es encontrar el libro apropiado. Relees algunas páginas
ya leídas cientos de veces, algunos poemas que te sabes de memoria y en los
que, incluso así, sigues descubriendo nuevas cosas, nuevas sensaciones, nuevas
perspectivas. Y de pronto, consideras que también resulta apetecible empezar a
leer esa historia intimista que está sobre los libros pendientes. Lo abres y
empiezas a leer. Una pintora que ya no pinta, que se refugia en un caserón, en
una especie de exilio interior, y que echa la vista atrás. Recuerda las
diferentes etapas de su vida y la de su familia. La relación con el amor, con
el deseo, con la amistad. Con la madre. La relación con los otros, en
definitiva. Una vida poseída -sobre todo, me atrevería a decir- por el afán de
conocimiento, por las ansias de mejorar con cada nueva obra, por el
perfeccionismo. Una vida que se acerca al fin. Eso presiente ella, Teresa, la
protagonista de “La madriguera”, la nueva novela de Aurora García
Rivas
. Es una novela dura y tierna y llena de reflexiones que se adecuan
perfectamente con ese estado de ánimo en el que te encuentras. Lees: “En
la vida tan pocas cosas sirven de verdad para algo, que vamos sucumbiendo bajo
demasiados afanes inútiles con los que sólo atesoramos pequeñeces”. No
puede definirse de mejor modo esa carrera que a ratos emprendemos por querer
alcanzar no sé qué cosas, no sé qué objetivos. Todo ello un tanto absurdo y
desproporcionado. Le sirven esas pocas palabras a Teresa para definirlo. Y sin
embargo… Lo único positivo de ir cumpliendo años es que, poco a poco, vas
acercándote a esas palabras que encierran una gran verdad. La única,
posiblemente. Un modo de entender y de estar en el mundo. Y sigues leyendo la
historia de Teresa, de los que la rodean y la rodearon en el pasado. No hay
ninguna vida fácil. Algunas de esas voces que recupera Teresa vienen a
demostrarlo, una vez más. No sólo no fueron vidas fáciles, sino muy duras, muy
complicadas. En eso, precisamente, en la dificultad, parece consistir el hecho
de estar vivos, de levantarnos cada mañana y enfrentarnos al mundo. Con ganas o
sin ellas. 
Sigues leyendo y en esos paseos que Teresa da por el jardín
(y que tú, imaginariamente, también los das) encuentras cierto sosiego, como en
esas páginas que has leído cientos de veces o en esos poemas en los que, en
cada nueva lectura, aparece un detalle que te hiela aún más las entrañas o te
paraliza la ansiedad. La tarde va declinando, en la novela y en la vida real, y
entre las sombras y las palabras se va tejiendo una especie de nuevo y
confortable refugio. Esa madriguera en la que, a ratos, es necesario cobijarse.
Como le ocurre a Teresa (“Me llamo Teresa y poco más sé de mí”), en
las páginas de esta espléndida narración.   
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