Además del autor, a la presentación del libro han asistido
el 
director del RIDEA, Ramón Rodríguez, y la editora Marta 
Magadán, así como Francisco
Álvarez-Cascos, que ha 
glosado durante el acto la figura de Pepe ‘el Ferreiro.
El Real Instituto de Estudios Asturianos (RIDEA) acogió ayer 11 de septiembre  la presentación del libro ‘Cuando los ferreiros forjan museos. Diario de un Quijote’  una recopilación de escritos y razonamientos de varios años de José Naveiras Pepe, ‘el Ferreiro’, fundador del Museo Etnográfico de Grandas de Salime.
El volumen, editado por Septem, está dividido en tres partes -el Museo de Grandas de Salime, el Diario y Grandas de Salime y su comarca- en las que Navelgas interpreta el significado de las numerosas piezas que fue recopilando hasta la puesta en marcha del equipamiento etnográfico en 1984 y en los años posteriores. Además del autor, a la presentación del libro han asistido el director del RIDEA, Ramón Rodríguez, y la editora Marta Magadán, así como Francisco Álvarez-Cascos, que ha glosado durante el acto la figura de Pepe ‘el Ferreiro. A continuación os dejamos la intervención de Francisco Álvarez-Cascos en la presentación en
el Ridea del libro ‘Cuando los ferreiros forjan museos. Diario de un Quijote’,
de José Naveiras Escanlar, Pepe el Ferreiro.
Señoras y señores:
Cuando recibí la invitación para participar en el acto de
presentación de su libro titulado ‘Cuando los ferreiros forjan museos. Diario
de un Quijote’, que con tanto esmero pone en nuestras manos Septem Ediciones,
no dudé un segundo en aceptar un encargo tan honroso de José Naveiras y ponerme
a su disposición para compartir con todos ustedes este acontecimiento, tan
trascendente en lo público como emotivo en lo personal. Quiero comenzar con el
agradecimiento al autor y a su editora porque es un detalle que me llena de
orgullo al darme la oportunidad de acercarme aún más a un gran asturiano y a su
admirable y gigantesca obra cívica y cultural levantada a pulso sin apenas
medios en el Occidente de Asturias, un mérito que no está al alcance de cualquiera
en la Asturias de nuestros días.
El libro que se presenta hoy merece ser leído por todos
cuantos sientan curiosidad  o interés
sobre la gesta de la creación del Museo Etnográfico de Grandas de Salime, con
su epílogo sobre el descubrimiento del Castro del Chao de Samartín, a partir de
una información cabal y completa de la historia de Grandas de Salime y de su
comarca. He dicho gesta y no rebajo un ápice de su significado. El primer Museo
Etnográfico de Asturias nació con cien años de retraso respecto a sus congéneres
europeos, y se hizo realidad en 1984 en Grandas de Salime, la capital de un
concejo marginado y desconocido por el resto de Asturias, no por iniciativa
pública de nuestras instituciones culturales y políticas, sino por iniciativa
particular de un hijo de campesinos artesanos. Pepe no  sólo fundó 
el  Museo Etnográfico de Grandas
sino que lo  construyó, y acarreó una
buena parte de los materiales, lo que supongo que es caso único en la
museología europea. Que hoy sea conocida Grandas de Salime por su Museo
Etnográfico, y éste sea un referente internacional, se debe exclusivamente  a 
su  fundador,  a 
pesar  de  las 
triquiñuelas  que  contra 
él urdieron las autoridades regionales y locales y que terminaron
desembocaron en uno de los actos más viles que un asturiano haya sufrido jamás.
El libro es una excepcional crónica de la gran gesta; de una gesta insólita y
excepcional. Y también una implacable denuncia contra la incomprensión y la
desidia de los responsables de las administraciones públicas que protagonizaron
los peores lances de nuestra historia democrática en los últimos treinta años.
Ni en la dictadura más sectaria hubieran impedido al director durante 25 años
de un Museo sacar sus efectos personales del despacho, entre ellos sus agendas,
libros… y la pajarita de Don Julio Caro Baroja que le envió de recuerdo tras
su fallecimiento su hermano Pío.
Lleva en la primera parte de su título –‘Cuando los
ferreiros forjan museos’- las marcas de la casa, que son la humildad y la
modestia, grabadas a fuego, puesto que lo titula así, en plural, genéricamente,
cuando no son todos, ni siquiera una buena parte de sus sacrificados compañeros
de oficio, los que crean museos, sino que es él, José Naveiras, Pepe el
Ferreiro, quien ha hecho un milagro excepcional en Grandas de Salime, algo
grande que se mantiene en pie contra el viento de la incuria local y la marea
de la envidia nacional.
Estamos, pues, ante una crónica de heroísmo y emoción; ante
el relato en primera persona de alguien que, como él mismo recuerda en el
subtítulo de la obra, ha escrito el ‘diario de un Quijote’. Pero es sabido que
a don Quijote no se le concibe sin Sancho Panza, que no es su escudero sino su
otro yo, el infatigable susurro de una conciencia que, instando al caballero a
mantener los pies en el suelo, es él, Sancho, quien a veces se escapa por las
nubes de las ensoñaciones y los cielos de las fantasías. No me atrevo a
identificar o a establecer el paralelismo de los personajes reales con los
ficticios. Case y reparta cada quien los papeles como desee, pero José Naveiras
y Pepe el Ferreiro, como Don Quijote y Sancho Panza, no son dos seres
contrapuestos sino una fecunda suma de pasiones y de amor al bien, que
constituyen, por parte de los relatos de las hazañas y proezas de un caballero
-que eso eran las caballerías-  o  de 
los  legados  de 
la  artesanía  y 
la  industria  populares custodiados por un ferreiro, dos
grandes aportaciones a la sociedad del bien y de la concordia.
Quiero apuntar dos observaciones sobre las virtudes de este
gran personaje del renacimiento de la historia de Asturias que es Pepe el
Ferreiro, que definen su modo de relacionarse con la realidad que le rodea y
que completan las dos circunstancias aparentemente contradictorias de su
talante de artesano de sí mismo que describí hace año y medio en Grandas de
Salime, cuando nos reunimos a su alrededor para celebrar su setenta cumpleaños.
En primer lugar, me asombra su visión de los objetos y, previamente, de los
sentimientos que es sustancialmente poética, en el sentido de que sus ojos
saben mirar de distinto modo que los del común de los mortales, y se enmarcan
en la tradición lírica española en que Juan Ramón Jiménez nos dice que
“Dios está azul” o García Lorca que “el otoño vendrá con caracolas”.
Los poetas tienen algo de chiflados maravillosos capaces de darle la vuelta al
calcetín de la rutina y de despojar su mirada de los convencionalismos de la
costumbre, como si el mundo fuese creado y estrenado en cada amanecer.
Conciliar esta sorpresa infantil ante el debut de cada madrugada, como si fuese
la primera, o el adiós de cada noche, como si fuese la última, genera en las
personas como José Naveiras una complicidad muy original y heterodoxa con la
maquinaria que mueve el planeta, y les capacita de un modo singular para
separar la paja del trigo sin prejuicios, y para apreciar lo que generaciones
anteriores han ido sembrando en hogares, hórreos, ferrerías, establos o
refugios: obras hechas con el amor de aquel para quien una pieza de madera o de
hierro es mucho más que un artefacto útil y manejable, porque también estamos
ante la desembocadura de muchos siglos, de muchos sudores y de muchos sueños
heredados el séptimo día de la Creación…
A esta visión poética de la realidad, que te hace ver el
vuelo de las ilusiones en las alas de una paloma torcaz o las aguas de un
arroyo como gotas de rocío engarzadas por el misterio, añado mi admiración
hacia otra virtud de Pepe el Ferreiro, que es su gran corazón. Y es ese
corazón, tan portentoso como indefenso, el que completa el ciclo de su
intuición poética, poniéndola al servicio de los demás, al entender, comprender
y reconocer el valor de esos objetos aparentemente inútiles e inservibles para
la mayoría los mortales, y depositarlos con inmenso cariño en su Museo para
mostrarnos a los demás  lo  que 
no  sabíamos  ver 
o  no  estábamos dispuestos a  conservar, muchas veces en medio de galernas
de incomprensiones o de envidias a las que hace unos meses hemos asistido en un
capítulo borgiano de la historia universal de la infamia en Asturias.
¿En qué cromosomas de nuestra cadena genética se encontrarán
tan singulares virtudes del corazón y de los ojos de este gran hombre que es
José Naveiras Escanlar? Es un misterio que la ciencia podrá desvelarnos algún
día. Pero tengo para mí que el genio de la raza y los genes heredados de sus
padres tuvieron mucho que ver en sus virtudes. Su padre, Benigno Naveiras
Naveiras, a quien Pepe trataba de Vd., fue el mejor ferreiro que hubo jamás en
la amplia comarca cuya capital por antonomasia es Grandas de Salime. Murió a
los noventa y pico años y la misma mañana de su muerte Pepe acudió como siempre
a trabajar a la huerta del museo, en el mejor y más ejemplar homenaje que
rendía a su progenitor.
También las misteriosas fuerzas telúricas de la tierra que
vio nacer  a Pepe el Ferreiro
contribuyeron, sin duda, a forjar las cualidades imprescindibles para un
etnógrafo: la capacidad de observación inagotable; la memoria óptica fuera de
lo  común; la  visión espacial y la  comprensión de la  arquitectura popular y, en general,   de la industria popular; el amor, la
tenacidad, la capacidad de sacrificio y la habilidad manual -conoce todos los
oficios que deben representarse en un Museo Etnográfico y todos los ejecuta
bien con la mínima ayuda- que suplieron con creces el mayor ejemplo de que el
peor caciquismo rural asturiano aún sobrevive en aquella comarca.
Pero aquí, en esta Asturias de nuestros amores, el bien
siempre se impone sobre el mal, aunque a veces la espera resulte fatigosa, y
hoy podemos proclamar, con este libro entre las manos, que el ferreiro que
forja museos ha ganado la batalla. Y no su batalla particular, que nunca quiso
librar, sino una pelea que es de todos, porque el Museo, su Museo, es un
obsequio a Asturias del talento, de la generosidad y del esfuerzo de José
Naveiras Escanlar.
Enhorabuena, Pepe, por este gran libro, y nunca olvides que,
mientras los gigantescos fantasmones desfilan por el escenario camino del
olvido, son los molinos, tus queridos molinos, los sagrados recintos donde se
convierte en esperanza el maíz, el centeno, la escanda o el trigo. Y, en esa
aventura, los molinos de Don Quijote y Sancho, o los molinos de Don José
Naveiras y Pepe el Ferreiro, se convierten en los motores de tu mundo siempre
inacabado, desconcertante y maravilloso.
Muchas gracias, queridos amigos.
¡Haxa salú y justicia!
Francisco Álvarez-Cascos
Oviedo a 11 de septiembre de 2013
A %d blogueros les gusta esto: