Cubierta de la novela “Vía muerta”.
Es este un libro que se lee cadenciosamente, como fluyen las
aguas del río que bañan los paisajes de la nueva novela de Aurora García Rivas.
El Eo y el tren minero Villaodriz–Ribadeo, vías de comunicación y fuentes
de  riqueza de la comarca, discurren
paralelos ejerciendo de metáforas de la peripecia vital de los personajes. La carretera,
el río y el tren vertebran sus idas y venidas, sus encuentros y desencuentros.
Si bien, como se apunta en la obra: “el río no lleva billete de vuelta”.

El tren es singular protagonista de los avatares de Pedro y
Clara, los acerca y los aleja entre sí o lleva a Pedro lejos de su casa para
devolverlo luego, tras los horrores del Rif, a su terruño dispuesto a empezar
una nueva vida cerca de los suyos.

Marruecos como experiencia de muerte, la guerra en la que se
empecina la España de la Restauración, convencida de su capacidad colonialista
pero que no contaba con la resistencia de los rifeños ni con la caótica gestión
del conflicto. El desastre de Annual bajo Alfonso XIII convertirá a Pedro en un
superviviente que sólo sueña con volver a su aldea de “hierba fresca y fuentes
cristalinas”.
La Tierra de Miranda acoge la vidas sencillas de sus
vecinos, sus quehaceres diarios, su fiesta de San Juan y su Virgen de Conforto.
Para Clara el tren es algo misterioso que se convierte en “doméstico” cuando
añaden a los vagones de transporte de mineral los de pasajeros y correo. La
vida en la frontera discurría plácidamente y parecía que iba a durar siempre.
En la novela de Aurora G. R. el traqueteo del tren es el
nexo que todo lo amalgama: Pedro, Clara, Inés… Por sus andenes desfilan los
personajes y el tiempo. El fulgor de los buenos tiempos de progreso y la
decadencia de las minas que llevaron a la comarca al abandono y a la vieja
Chocolatera a las vías muertas.
Inés escoge otra vida y, tras el anuncio de la boda de Pedro
y Clara y la partida de Pedro a África, deja la aldea y emigra a la cosmopolita
capital cubana huyendo del rencor que siente hacia Clara. La Habana de los años
30 es un escaparate para una muchacha, que sin embargo, no se deja engañar por
el brillo superficial de aquella gran ciudad. Sabe que deberá trabajar duro
para sobrevivir en el fin del mundo. Es la Cuba de Machado, la de las grandes
mansiones y las damas con sombrero. Pero también la de los maniseros descalzos
y la de la depresión del 29.
Inés es el gran descubrimiento de la novela, valiente y
pragmática, hará de una idea brillante un negocio próspero que le permitirá
seguir ligada a su tierra por un hilo intangible.
Capítulo aparte merece el otro gran personaje femenino de la
novela: Doña Catalina. Doña Catalina no viaja en tren porque no sale de casa,
mientras toda la villa de Ribadeo espera que doblen por ella las campanas de
Santa María.
Sus negocios la mantienen unida al ferrocarril pero ya no
llega mineral a la estación de Villaodriz. Con una vida aparentemente frívola en el
imaginario de los ribadenses,

la anciana evoca fantasmas dolorosos en un ejercicio de
introspección al final de sus días. La centenaria dama esconde un secreto que
provocará un vuelco en la vida de algunos de los protagonistas y dará qué
hablar durante años a sus vecinos.

La novela discurre como las aguas del Eo “como una
enciclopedia viva que habría ido recopilando la memoria de los pueblos”,
trufada de personajes de otra época con nombre propio y de referencias
culturales del occidente asturiano y su frontera gallega.
El título de la novela resume a la perfección la palpitante
historia de unas gentes que aman, sufren, sobreviven… en un escenario
cambiante y en declive.
Desde la cercanía de lo cotidiano, Aurora G. R trasciende la
realidad de una sociedad y una época para dotarla de poesía.
En palabras de la escritora estadounidense Siri Hustvedt:
“Lo profundamente íntimo y familiar puede ser transformado por el lenguaje, el
pensamiento y el sentimiento en una obra que va más allá de la vulgar realidad”.
“Las emociones que vivimos a través de la ficción nunca son ficticias. Son
reales y afectan a nuestras vidas”.
Marián S. G.

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