«La curva del olvido»

Victoria R. Gil puede que sea una cuentista desconocida, pero no es una principiante. Sabe contar, tiene claro qué cuenta y no alardea sino de poseer una historia poderosa y un estilo sólido

Nada cambia tanto como los recuerdos, dice. Por eso conviene escribirlo todo antes de que se esfume. Para eso se inventó la literatura ¿no? Viene esta reflexión al hilo del primer libro de relatos de la periodista Victoria R. Gil (Oviedo, 1962), tan sorprendente que merece una celebración por todo lo alto. Victoria R. Gil puede que sea una cuentista desconocida, pero no es una principiante. Sabe contar, tiene claro qué cuenta y no alardea sino de poseer una historia poderosa y un estilo sólido con que ponerla a disposición de los lectores. Hagánme caso, no la dejen escapar.

El hilo conductor de estos cuentos, como avanza el título, es el olvido. Una preocupación personal, ha reconocido la autora, pero también un clásico de la literatura, revisitando con frecuencia en la actualidad. Los relatos son breves, y sirven también otras reflexiones: la extrañeza ante la propia existencia, la dificultad de las relaciones familiares donde pareja, el ritmo trepidante en que discurren nuestros días… Hay algunos relatos magníficos, que no puedo dejar de recomendar. Destaca el que cierra el volumen. “Se me olvido olvidarte”, pero también “Recordar perjudica gravemente la salud” y “Donde el agua no llega”. Aunque olvídenlo. Ni la calidad ni la intensidad decaen en ningún momento. Poder recomendar libros como éste justifica la labor de todo
crítico.

CARE SANTOS

El Cultural-El Mundo 21/11/2014, «La curva del olvido»

«Me levanté herido»

Una trama compleja, de múltiples voces y de extensa cronología. 

Pocos escritores españoles ofrecen la versatilidad creativa de Pepe Monteserín, cultivador de todos los géneros. Con Me levanté herido se adentra en el proceloso mar de la guerra civil, campo de gran dificultad para un autor que no vivió ese trágico momento, debiendo recuperarlo a través de múltiples voces. En teoría, el armazón literario de la obra se sustenta en el relato que el falangista Luis Miranda hace de su experiencia en el frente a su hijo Ricardo. El relato bélico se armoniza con una voz femenina, la de Pilar Aguilar, esposa de Luis Miranda. La complementación de lo narrado será responsabilidad de Ricardo, encargado de documentar los espacios de la contienda.

Esta visión quedará humanizada con la colaboración de Adriana, símbolo de la tercera generación y alma narrativa que aglutina las voces diversas, dramáticas en ocasiones. Su presencia se hace palpable especialmente en Índice, introducción esencial para captar el contenido y su estructura, no exenta de valores metaliterarios. La narradora desmenuza la trama con llamadas continuas a los capítulos correspondientes. Su actitud, serena, objetiva, casi didáctica, no deja en teoría lugar a las dudas: «Y aquí viene una alabanza que, en el pliego oficial, resuelven en tres líneas y yo quitaría alguna, sino fuera historiadora y quisiera maquillar y traicionar» (p. [14]). El Epílogo (fechado en los tiempos actuales, como muchas de las escenas) desvela uno de los secretos esenciales de la trama. Una trama compleja, de múltiples voces y de extensa cronología. A sus páginas el lector debe acercarse con atención, pero también con prudencia, sin olvidar el guiño del autor en las últimas palabras: «El conjunto de la obra es mera fábula y no ha de servir de prueba en todo lo que pueda ser perjuicio de tercero». Lorem ipis nosto conum quisl eugait prat. Duisisci et, vel dolor sim volor susto.
NICOLÁS MIÑAMBRES

El Filandón-Diario de León 21/11/2014, «Me levanté herido»

«Pudorosa penumbra»

Novela de amor y desamor, de esperanzas, de trágicas esperanzas

En su doble papel de autor y personaje, Luis Arias se convierte en su última novela en Lorenzo, profesor y aspirante a escritor de una «novela del yo». Destino azaroso que gira en torno a un objeto, unas gafas de sol cuyo hechizo sobre Lorenzo dan titulo a la obra: de la claridad a la profundidad, de la gozosa a la pudorosa penumbra (ahí está María Zambrano). Un vestido rojo cereza, un libro desgastado de poesía de Pedro Salinas, una piel blanquísima sumergen a Lorenzo -Luis en su peripecia de amores «épicos y liricos», pesadumbres, dramas y gozos, desgarro y dolor. Santander, La Coruña, Ávila, El Escorial, fondos geográficos que abarcan de Felipe a Felipe, del Austria al de Sevilla, pasando por La Gloriosa, la generación del 98, la Segunda Republica, por reyezuelos y dictadores, por escritores, pensadores y artistas. Novela de amor y desamor, de esperanzas, de trágicas esperanzas.

CELSA DÍAZ

La Nueva España 23/05/2012, «Pudorosa penumbra»

«Retrato de desposados con panamá a su frente»

La singularidad de esta obra se halla en el dibujo de una sociedad que, satisfecha ahora en su esfuerzo pasado, desarrollada y en disposición al consumo, vencedora, cree ella, en la democracia, es convocada por una aldaba severa y misteriosa del pasado, por un arcano que pudiera golpearla, turbarla o enajenarla en su nuevo orden.

En mi último artículo en la prensa asturiana, intuí el carácter epilogal de la trayectoria de Joaquín Pixán, el Schipa asturiano, quien, agotada la sensibilidad de una sociedad artrítica, puso rumbo artístico hacia las cálidas latitudes sureñas de España. En cambio, nada hay de punto final en esta nueva aparición para comentar la obra de otro insigne asturiano, Xuan Xosé Sánchez Vicente, y, más en concreto, de su última novela «Retrato de desposados con panamá a su frente». Poliédrico relato que narra la historia de una casería, La Canga, desde su creación en los años veinte, bajo el impulso innovador del matrimonio formado por Lola y Laureano, hasta su venta y demolición en la década del presente siglo.
Si consideramos la trayectoria vital del escritor, era totalmente previsible que los distintos moradores de la casa sufriesen los sucesivos regimenes políticos del siglo XX. El recuento histórico, salpicado de algún momento melodramático al modo de un «Lo que el viento se llevó» y, en otros muchos, de un heroísmo a prueba de Gigantes, podría lastrar la atención del lector hacia somnolientas profundidades. Sin embargo, la plúmbea armadura histórica emergerá, desde el negro estructural, en luminiscentes colores verdes, azules y grises justo cuando el avezado escritor entrega parte de su pluma al poeta salvador del erial literario asturiano en el último siglo. En este sentido, no es difícil reconocer en los lienzos de Evaristo Valle a algún cura muñidor y glotón como el don Severino de la novela; un hacendado enamoradizo y galante como don Aurelio; un médico europeo y liberal a la manera de don Andrés; aquellos mendigos que todos conocimos y nada tenían de haraganería, sino de indomable humanidad como el probe Eusebio el Trapes; o a Terio, un asalariado a unas horas hombre y a otras tantas, máquina. Esta autoría societaria, que enriquece visualmente la trama construida por Sánchez Vicente, permite comprender, a su vez, la distancia que separa a Valle del resto de artistas: Asturies ha sido una patria sin poeta, pintada por el más descriptivo y jocoso de nuestros narradores.
Era muy probable, igualmente, que una línea de pensamiento técnico-económica guiase esta historia. Como en el punto anterior, sólo la cercanía de los aconteceres economicistas pudiera liberar la prolija anotación de los progresos propios de una comunidad occidental. A esa casa llega el primer signo de industrialización con la puesta en marcha de una fabrica quesera; también la mecanización, con la compra de una máquina segadora; la asociación agraria, de la mano de la primera cooperativa lechera asturiana; la comunicación, cuyos medios virarán por primera vez su objetivo hacia las gentes de campo; la profesionalización, al generalizarse la contratación laboral ajena; o la competición, con la pujanza de certámenes provinciales de ganado. Estas transformaciones alejarán la casería asturiana del antiguo régimen, del autoconsumo y, en muchos casos, de la mísera supervivencia, para instalarla, según palabras de John Berger, en la senda unidireccional del progreso, esto es, en una rentable granja capitalista.
Sin embargo, la singularidad de esta obra se halla en el dibujo de una sociedad que, satisfecha ahora en su esfuerzo pasado, desarrollada y en disposición al consumo, vencedora, cree ella, en la democracia, es convocada por una aldaba severa y misteriosa del pasado, por un arcano que pudiera golpearla, turbarla o enajenarla en su nuevo orden. Con una habilidad como pocos habíamos soñado, con una ductilidad sólo apreciable en más de una lectura, el escritor coloca esa máxima expresión del espíritu que es el canto, ese arte volátil y efímero del presente y a la vez mensaje corpóreo de los antepasados por repetición inmemorial y encadenada, en los más trascendentes ritos de paso cíclicos y vitales del ser humano. Laureano, por un lado, arrancará su voz al compás efervescente de la primera sidra; etílica y sublime culminación de las duras labores del año y de nuestra producción agropecuaria. En otra dimensión, como un secreto de alcoba, privado y reconcentrado fue el canto de Laureano el día de su matrimonio. A pulmón abierto, como interlocutora una inmemorial noche cósmica, desafiante con los hombres, con una rabiosa intención testamentaria, también cantará Laureano en la hora de su muerte brutal.
Aunque caminemos ricos y satisfechos hacia algún sitio, quizá un niño, un sueño o una canción nos recuerdan que una ancestral tierra inmóvil algún día nos reclamará sin excusas y lo hará, previo análisis de la idoneidad refertilizadora de nuestros detritos, con benevolencia hacia unos pocos y hacia casi todos, con justa impiedad.
Llegarán, sin duda, excelentes novelas de un autor que, a día de hoy, ha producido un perenne fruto en los sabidos ámbitos lingüísticos, las recuperaciones artísticas, la praxis política o la semiótica colectiva. El momento en que este visionario jovellanista, solapado entre eficientes virreyes ministeriales y torpes reyezuelos comarcales inhaladores de la energía, deje de caminar sobre el tiempo laberíntico de un pueblo que no merece más, nuestra delectación lectora se volverá doblemente literaria, doblemente gozosa. No nos importará que se mueva cerca del desubicado magicismo sudamericano o que, casualmente, caiga en las manos necrófilas de los insuperables escritores leoneses, siempre que abandone el trillado tiempo histórico y camine sobre un espacio detenido, sobre cualquier tierra. Sepa nuestro escritor que para nosotros Ainielle está ubicada en León, la Omaña de La fuente de la edad es una región semimontañosa de Asturies y que la próxima Canga pasará a llamarse, con toda seguridad, Thrushcross Grange. De momento, disfruten de esta novela que aún oscila entre lo prometeico y lo simbólico.
Ps. ¡Ah! no olviden que «Retrato de desposados» también es una magnífica novela policiaca. Hay dos asesinos, un solo cuerpo del delito y un testigo. Los confesos son un servidor breoganés del orden y un famélico educador emérito; la víctima yace en la morgue, inerme; y el desamparado testigo se suicida momentos antes de las vistas. Veamos si descubren ustedes el verdadero asesino. Una pista: l’enemigu, dende siempres, tá dientro.

ÓSCAR ROCES ARBOLEYA

La Nueva España 4/4/2011, «Retrato de desposados con panamá a su frente»

«Ligeros de equipaje»

Toda la novela está, además, inmersa en una atmósfera de reconocimiento y homenaje a los vencidos de la guerra civil y de crítica a la injusticia que ha supuesto la desmemoria y el olvido con que se les ha tratado en la etapa democrática, como ha ocurrido en este caso con los llamados «niños de la guerra».

En un tren que hace el trayecto Leningrado-Moscú viaja una expedición de niños de la guerra, la mayoría de ellos asturianos, que han sido trasladados a Rusia para evitarles los peligros y las penalidades del conflicto bélico. En el mismo vagón se encuentran Fidelia, la maestra que está al cuidado de los niños y Fabián, un niño asturiano de 12 años, cojo, de gran sensibilidad, que procede de una aldea minera de la cuenca del Nalón, en la que hace años, en la segunda década del siglo, había impartido sus primeras clases la maestra. Fabián la reconoce por una fotografía colectiva que existía en su casa, en la que la maestra posa con su madre y sus tíos que habían sido sus alumnos. Esa fotografía era algo así como un icono familiar y comentándola innumerables veces su madre le había hablado de su maestra como alguien que había tenido un papel decisivo en su vida por el amor a la lectura y a los libros que le había inculcado y por el ejemplo de su vida. La maestra se da cuenta de la atención que le presta el niño y descubre así quién es y entre ambos se establece una intensa corriente afectiva y sentimental a lo largo del viaje.
Ese encuentro lleva a Fidelia durante el viaje a recordar todo lo que había supuesto aquel primer destino escolar en Fuentes de Besar en su vida; y a Fabián a recrear con su imaginación la sencilla, agradable y bucólica vida que llevaba en su aldea natal. Para el muchacho esas reflexiones son un modo de contrarrestar la tristeza que siente por la separación de su madre y familia y por las sombrías perspectivas de la nueva vida que empieza en un país tan diferente por su paisaje y por su clima de su Asturias natal. Para combatir el miedo que le produce el destino incierto que supone este viaje y conjurar la amenaza que presiente de un prolongado desarraigo que pueda suponer la pérdida de su identidad y el olvido de su origen, Fabián mira continuamente la hora en el reloj Longines que su abuelo le ha entregado en la despedida, repite y repasa machaconamente los nombres y la imagen de sus familiares, como le había recomendado encarecidamente su abuelo que hiciera. Porque: «Mientras sepas quién eres y de dónde procedes- le dijo- seguirás siendo tú, estarás a salvo del olvido».
Fidelia toma notas y escribe en el tren una carta a la tía de Fabián, Olaya, la que fue su amiga íntima durante su estancia en el pueblo, del que la maestra fue expulsada por su participación en una huelga minera; Fabián, en su cuadernillo, redacta por su parte un borrador de la carta que escribe a su madre y abuelos contándole las incidencias del viaje. Esas cartas son las «cartas rusas», como se las conoce en la familia. La única fuente de información que tiene ésta de lo ocurrido en aquel viaje. Y que han sido la última comunicación y las últimas noticias que la familia tuvo de Fabián y la maestra.
Esta es la trama argumental de Ligeros de equipaje (Septem Ediciones, 2010), novela que ha merecido el pasado año el II Premio de Novela Ciudad de Noega patrocinado por la cátedra Jovellanos de Extensión universitaria de la Universidad de Oviedo y la editorial asturiana Septem Ediciones y cuyo autor es el catedrático de Lengua y Literatura del IES «Pérez de Ayala» de Oviedo, Marcelino Iglesias.
De su lectura cualquier lector medianamente avezado deduce inmediatamente que no estamos ante un escritor novel, sino ante novelista maduro (son varias ya las novelas que ha escrito y alguna de ellas ha sido también merecedora de algún galardón). La aparente sencillez de la estructura de la novela nos oculta, con una gran habilidad, un artefacto literario de cierta complejidad: capítulos numerosos y muy cortos con títulos muy sugerentes dedicados cada uno de ellos a un aspecto diferente que puede ser un sentimiento, un recuerdo, un paisaje?.; mezcla de géneros, el narrativo y el epistolar; temas sugestivos, pero no traídos por los pelos, como el que dedica al peculiar diccionario que trata de elaborar Zacarías, el tío de Fabián, con sugerentes comentarios de algunas expresiones coloquiales asturianas y del original significado que aquél da a algunas palabras; o las referencias continuas a autores y obras de la literatura universal ( como se refleja incluso en el propio título del libro con el verso de Antonio Machado) que son una verdadero canto al gusto y el placer por la lectura. Pero, sobre todo, destaca en esta novela la pulcritud y exactitud con que el autor maneja el lenguaje. Ese minucioso y esmerado empleo de las palabras que exhibe el autor recuerda en alguno de los pasajes al detallismo y precisión de los cuadros de los pintores de la escuela flamenca.
Toda la novela está, además, inmersa en una atmósfera de reconocimiento y homenaje a los vencidos de la guerra civil y de crítica a la injusticia que ha supuesto la desmemoria y el olvido con que se les ha tratado en la etapa democrática, como ha ocurrido en este caso con los llamados «niños de la guerra». En fin, estamos ante una emotiva y bien escrita novela, que bien se merece el premio que ha obtenido.
JULIO ANTONIO VAQUERO IGLESIAS

Suplemento de Cultura, La Nueva España 31/3/2011, «Ligeros de equipaje»

«Días de sal»

Flores-Carretero toma los mimbres con que se construye la vida, los que –imagino– tantas veces ha reconocido en su consulta, y nos los sirve en crudo.
Que se lo digan a Woody Allen: la consulta de un psicólogo es una buena fuente de materia prima si se trata de radiografiar las pasiones humanas. En esta novela, la primera que publica la extremeña radicada en Madrid Estrella Flores-Carretero, la consulta de su protagonista, psicóloga de profesión, es el escenario principal donde se libra una particular batalla contra el fantasma de la traición. La autora, también psicóloga, nos advierte en la ficha biográfica de su gran interés “por las emociones y reacciones de los seres humanos”.
Y su historia lo subraya: Carmen es una profesional entregada a su trabajo que de pronto descubre que su marido la engaña con otra. No podemos culpar al personaje del trauma que sigue a su descubrimiento: la amante del marido, que es paciente suya, se lo comunica sin ahorrarle detalles ni insultos, aunque en apariencia no sabe que está hablando con su rival. Dolor, traición, amistad, resignación…
Flores-Carretero toma los mimbres con que se construye la vida, los que –imagino– tantas veces ha reconocido en su consulta, y nos los sirve en crudo. Lo advierte el filólogo Juan Moriche en el prólogo: “Carmen […] trabaja en lo que le gusta y ama al hombre que siempre ha deseado […]. Se siente tan segura de él que ni se plantea la idea de que algo o alguien pueda truncar su acomodada vida”. Ajá. He aquí el común error, que la literatura lleva tanto tiempo haciéndonos notar. La vida siempre comporta un riesgo.
CARE SANTOS

El Cultural-El Mundo 18/9/2008, «Días de sal»

«Nunca dejes que te cojan»

Nunca dejes que te cojan se lee de un tirón, por su corta extensión, y puede ser una lectura entretenida, especialmente con esa visión peculiar del personaje y su humor y capacidad para desmontar los clichés de los demás.
Nunca dejes que te cojan no es desde luego una novela, sino un relato, o quizá dos, de la vida de un jóven que encontramos divertido, ingenioso en la primera parte, e incomprensible en la segunda. La primera parte puede leerse como un divertido retrato mordaz del ambiente laboral en España, y también de la vida familiar y de la juventud actual. El personaje hace gala de un humor y una rapìdez verbal en sus respuestas que nos hacen sonreír a menudo. Es una primera parte entretenida y divertida. Sin embargo da la sensación de que el autor para poder llegar a cumplir un determinado límite de páginas, escribió (o añadió) la que es la segunda parte de la novela en la que se pierde la verosimilitud cronólogica, pues aunque se supone que estamos varios años después no hay diferencia temporal o histórica real entre ambos tiempos, pues ya la primera parte parece situarse en un presente muy actual. Tampoco resulta coherente el detalle de unos meses en la primera parte frente al intento de reunir toda una vida en la segunda parte donde el movimiento de la narracción va en zig zag y desordenadamente nos presenta en realidad otro personaje que parece no tener nada que ver con el de la primera parte: igual que el estilo y las pretensiones parecen totalmente distintas. Hay muchos elementos que no se deducen de la primera parte o incluso resultan incoherentes; todo lo cual hace que esta segunda parte aparezca como un añadido artificial que no casa bien ni con el estilo ni con la idea del principio del relato, y en definitiva hacen más interesante leerlos como dos relatos distintos que nada tienen que ver el uno con el otro, y desde luego con algo más de interés la primera, al menos por su estilo claro, directo y divertido, que una segunda parte quizá más pretenciosa que lograda. Nunca dejes que te cojan se lee de un tirón, por su corta extensión, y puede ser una lectura entretenida, especialmente con esa visión peculiar del personaje y su humor y capacidad para desmontar los clichés de los demás.
VALENTÍN PÉREZ

Cuadernos del Minotauro 23/6/2006, «Nunca dejes que te cojan»

«Buscando un Ortega desde dentro»

Sí, maestro Ortega, mal que le pesase al antiguo Ministerio de Información y Turismo, como queda de manifiesto en este magnífico trabajo de Luis Arias, que nos recupera al Ortega y Gasset vivo, alejado de los tópicos, creador y testigo lúcido del último siglo de vida española y europea. 

Buscando un Ortega desde dentro, el último libro de Luis Arias, recupera el Ortega crítico, complejo, creador de ideas llenas de matices, gran escritor, más allá de los tópicos de posguerra, que hacían de Ortega o bien poco más que un «señorito madrileño» de ideas aristocratizantes -desde la izquierda-, o bien uno «de los de antes», es decir, un residuo anacrónico de la tan denostada II República española. Uno de los propósitos seguidos con más intensidad por los vencedores de la guerra civil fue borrar todo rastro de la II República. Pero, a pesar del empeño de los vencedores por borrar todo vestigio de la que calificaban como democracia inorgánica, quedó -entre otras memorias- la de los maestros republicanos supervivientes de la contienda que no habían sido depurados. Éste es el origen de la primera conciencia de Luis Arias: una actitud de respeto y veneración hacia el ejemplo moral e intelectual de los maestros republicanos. ¿Y qué representaban aquellos maestros? Simbolizaban, en los últimos pueblos de toda España, las formas superiores de la cultura, sobre todo los grandes escritores del 98 y de la Generación del 27, en medio de una vida personal de una gran austeridad y, en algunos casos, hasta de pobreza -«más hambre que un maestro de escuela», se decía. De un maestro de la República -Antón de la Braña, autor de teatro asturiano- procede el autor de esta biografía de Ortega. Por eso, no hicieron mella en Luis Arias los tópicos que, en forma de fuego cruzado, cayeron sobre el autor de La rebelión de las masas durante la última dictadura. Ortega, coautor con Marañón y Pérez de Ayala del «Manifiesto al servicio de la República, en febrero de 1931», es de los primeros en darse cuenta de los errores del nuevo régimen político. «La República española tiene que rectificar su ruta… Lo que es ineludible hacer es virar de lo falso hacia lo auténtico», escribe Ortega en agosto de 1931. Un buen ejemplo de la posición crítica de Ortega, frente a lo que considera errores de rumbo de la República, se da en la llamada «cuestión religiosa». Luis Arias es un gran especialista en Azaña, al que corresponde el protagonismo principal en este debate, especialmente a partir de su famoso discurso en las Cortes Constituyentes «España ha dejado de ser católica». Sin embargo, a través de los esclarecedores comentarios del libro que comentamos, podemos seguir, también, la posición de Ortega, del mayor interés vista desde hoy. En primer lugar, sorprende la claridad de ideas con que el filósofo madrileño defiende la separación Iglesia-Estado: «El Estado tiene que ser perfecta y rigurosamente laico». Lo señala de una manera tan rotunda que cabría pensar que, sabiendo lo que tiene en casa, está ya adivinando lo estrafalario de nuestra Constitución de 1978, donde en un artículo se separan Iglesia y Estado y, en el siguiente, vuelven a mezclarse. Pero, una vez rigurosamente separados Iglesia y Estado, el respeto más exquisito debe regir sus relaciones: «El artículo donde se legisla sobre la Iglesia me parece de gran improcedencia. Se habla allí de disolver las órdenes religiosas…» (Ortega: «Discurso ante las Constituyentes de 4-9-1931»). La discusión del Estatuto de Cataluña, en 1932, parece de ahora mismo: Azaña acusa al periódico «ABC», «que finge creer y hacer creer a sus lectores que a los catalanes se les da cuanto piden». Mientras Azaña se propuso resolver para siempre el tema catalán, para lo que contribuyó decisivamente a sacar adelante un Estatuto catalán admirable, en cambio, Ortega era plenamente consciente de que el problema catalán «sólo se puede conllevar»: «Yo sostengo que el problema catalán, como todos los parejos a él, que han existido y existen en otras naciones, es un problema que no se puede resolver, que sólo se puede conllevar» (Arias. Ibídem, pág. 213). La actitud crítica del republicano Ortega ante la II República contribuyó a que resultara, a veces, malinterpretada su relación con la dictadura posterior. Pero nada resume mejor la relación de Ortega con el régimen político de entonces como la circular que, desde el Gobierno, se envió a los periódicos unos días antes del esperado fallecimiento del pensador madrileño: «A la vista de la posible muerte de don José Ortega y Gasset (…) la prensa publicará sobre este acontecimiento un máximo de dos columnas y, si se desea, un panegírico en el que se eludirán menciones a sus errores políticos y religiosos, y, en cualquier caso, se eliminará siempre el término maestro» (Arias. Ibídem, pág. 238). Queda claro el antagonismo entre el filósofo y el régimen. Luis Arias es profesor de Literatura y, como sería de esperar, dedica una gran atención a las ideas estéticas y literarias de Ortega. Sin embargo, no deja sin tratar ninguno de los temas relevantes del autor de «La rebelión de las masas». A esta importante obra dedica Luis Arias uno de los capítulos más interesantes del libro que reseñamos. Escrita por Ortega en los últimos años veinte, pone a prueba una de las ideas más queridas del filósofo madrileño: España como problema, Europa como solución. Pero se acercan los momentos europeos más sombríos, que Ortega diagnostica con toda claridad como el imperio de las masas, con lo que Europa se convierte en el problema principal. Luis Arias se refiere a las diferentes interpretaciones de esta idea, recordando un ejemplo puesto por el mismo Ortega, que señala al fascismo «como un típico movimiento de hombre-masa». Finalizada la guerra civil española, sucede con nuestra vida intelectual un hecho paradójico: desaparece el contrapeso de la cultura alemana, quedando la vida intelectual española a merced de los mayores estragos causados por las modas filosóficas y literarias francesas, que operan aquí sin ninguna limitación crítica. Luis Arias se detiene en casos relevantes, como Heidegger y Sartre. Por lo que se refiere al gran escritor francés, nadie puede dudar, hoy, de su gran deuda con no pocos pensadores alemanes, como Husserl, Marx, N. Hartmann y Heidegger. Un solo ejemplo: la famosa imagen sartriana de la idea de Dios como contradictoria por aunar las características de un ser personal -pour soi- y un ser independiente de la conciencia -en soi- está ya elaborada en la Ética de N. Hartmann, en la crítica a la pretensión kantiana de conciliar la autonomía moral con la existencia de Dios. La trituración de la Facultad de Filosofía de Madrid en la guerra civil privó a nuestra vida cultural del contrapeso de la tradición filosófica alemana frente a las modas intelectuales francesas. Ciertamente, hay una excepción, Heidegger, cuya presencia en las facultades españolas requiere una explicación mínima. Yo recuerdo cómo los alumnos de Filosofía de los años cincuenta y sesenta se preguntaban por qué los ideólogos del régimen jaleaban tanto a Heidegger. Parece evidente que una de las razones era que el gran pensador teutón ocupaba un lugar que, de algún modo, cerraba el paso a la escuela orteguiana, al cubrir un mismo espacio filosófico. Pero si revisamos los textos españoles de aquella época (González Álvarez, Mindán, etcétera), nos encontramos con que, en los datos biográficos del autor de Ser y tiempo, no aparece nunca que fue nombrado, en 1933, rector de la Universidad de Friburgo por el III Reich, de tan triste recuerdo, ni que estuvo apartado de la enseñanza entre 1945 y 1951. ¿Era inocente este silencio o se trataba de ocultar «un mérito» que podía provocar rechazo en los alumnos? Luis Arias se refiere a la relación de Ortega con las ideas filosóficas de Heidegger y Sartre en un epígrafe con un título bien significativo: El lastre de ser español en los ámbitos filosóficos allende nuestras fronteras (Ibídem, pág. 26 y ss.). Se recoge aquí una famosa cita de Ortega: «Apenas hay uno o dos conceptos importantes de Heidegger que no preexistan, a veces con anterioridad de trece años en mis escritos». La exposición y crítica de las ideas estéticas de Ortega ocupa un lugar central en el libro de Luis Arias. El diagnóstico orteguiano del arte nuevo se produce a comienzos de los años veinte con el famoso párrafo que inicia Musicalia: «El público de los conciertos sigue aplaudiendo frenéticamente a Mendelssohn y continúa siseando a Debussy». Por lo pronto, para mantener, hoy, la vigencia de aquella constatación de hace casi un siglo, habría que sustituir a Debussy -asimilado ya por todos los públicos musicales- por Schoenberg o, entre nosotros, por Luis de Pablo Tomás Marco. «El arte -sentencia Ortega- evoluciona inexorablemente en el sentido de una progresiva purificación». «El cuadro, renunciando a emular la realidad, se convertiría en lo que auténticamente es: un cuadro -una irrealidad…». «De pintar las cosas se ha pasado a pintar las ideas». Parece indudable que, básicamente, el diagnóstico de Ortega sobre el arte nuevo era correcto (Ibídem, pag. 164 y ss.). Así, cuando señala, en La deshumanización del arte (1925), que el nuevo arte «será un arte para artistas, y no para la masa de los hombres», no puede uno dejar de pensar en una buena parte de la nueva música clásica, que sólo despierta el interés de músicos y musicólogos. Sin embargo, Ortega estaba muy lejos de sospechar que la cultura de masas, por él denunciada, también iba a invadir este campo: así, las colas interminables en las exposiciones monográficas de Picasso, Kandinsky, Matisse, etcétera. Luis Arias subraya errores claros en esta teoría orteguiana: por ejemplo, la afirmación, en 1925, de que el arte nuevo «no ha producido hasta ahora nada que merezca la pena». (Baste recordar que Las señoritas de Aviñón, de Picasso, es de 1907, que La consagración de la primavera, de Stravinsky, es de 1913, o que el Ulises de Joyce es de 1922.) Ortega se atreve a pronosticar que, dado que el nuevo arte «ni humaniza ni persigue mimetismo alguno, no hay lugar para falsificaciones», cuando el nivel alcanzado por las falsas firmas en la pintura abstracta ha llegado a superar todos los niveles imaginables. Así, en Asturias hemos visto «exposiciones» de Chagall y Picasso en las imitaciones de algún joven pintor. Luis Arias es muy crítico con la tesis orteguiana del agotamiento de la novela como género literario, en 1925, cuando están en la plenitud creadora Thomas Mann, KafkaFaulkner. No podía faltar, en un escritor asturianista como es Luis Arias, una referencia a la relación de Ortega con nuestra región. Durante el verano de 1915, Ortega permanece mes y medio en Asturias. Es entonces cuando conoce a Fernando Vela, que después sería su más cercano colaborador, el llamado -como funcionario de Aduanas- aduanero de la «Revista de Occidente», donde, como secretario, recibía los originales de las colaboraciones. Luis Arias comenta las reflexiones, tan agudas, que nuestro paisaje y nuestras gentes suscitaron en Ortega. Los asturianos, de ideas claras, que van directamente a las cosas, a los problemas, en cambio, colectivamente somos vistos como «intransitivos», por Ortega, nos perdemos en disputas localistas, en política de campanario. Probablemente, esa intransitividad se debía al aislamiento secular de Asturias. Hoy, cuando vamos teniendo vías de comunicación adecuadas, ¿por qué no pensar que las nuevas generaciones de asturianos, que andan por el mundo, están destinados a romper esa «intransitividad» de que hablaba el «maestro», como ya la superaron, anteriormente, los viejos emigrantes asturianos? Sí, maestro Ortega, mal que le pesase al antiguo Ministerio de Información y Turismo, como queda de manifiesto en este magnífico trabajo de Luis Arias, que nos recupera al Ortega y Gasset vivo, alejado de los tópicos, creador y testigo lúcido del último siglo de vida española y europea. Actualmente, los primeros espadas de la filosofía española -Lledó, Bueno, SavaterTrías- escriben incansablemente sobre temas orteguianos y unamunianos, como el sentido de la vida o la felicidad, alcanzando grandes tiradas editoriales. ¿Cómo no recordar los esfuerzos de aquellos dos gigantes -Ortega y Unamuno- por interesar a los españoles en estos temas filosóficos?Buscando al Ortega crítico

MANUEL CAMPA

Suplemento Cultural, La Nueva España 12/6/2006, «Buscando un Ortega desde dentro»

«Frío»

Esta particular novela del español Sergio Parra, en la que se mezclan con cuidada sutileza el relato de ciencia ficción y la reflexión sobre el amor.

“Dios mío, ¿con quién me había casado? ¿Tan desesperada y ciega había estado? Ese hombre apagado y gris… ¿cómo había sobrevivido hasta ahora? ¿Cómo había estudiado, trabajado, hablado con los demás? ¿De dónde había obtenido las fuerzas? ¿Reductos de una voluntad primigenia? ¿Corrientes de las emociones ajenas que lo arrastraban como a una hoja huérfana por un río caudaloso?”.

Tales son las preguntas que sobre el carácter de su matrimonio con Fred se hace la enfermera Ana, protagonista de esta particular novela del español Sergio Parra, en la que se mezclan con cuidada sutileza el relato de ciencia ficción y la reflexión sobre el amor. El equilibrado producto de este cóctel es una narrativa directa, sin los manierismos tecnológicos en los que incurre mucha literatura que quiere ser —sin lograrlo muy bien— de ciencia ficción, y sin la estética rosa de las novelas de amor.

Básicamente la historia gira alrededor del control de las emociones por medios científicos, que es la solución que Ana le encuentra a sus inquietudes sentimentales respecto a su matrimonio. La llegada de un enigmático vecino se convierte en un inesperado obstáculo para sus objetivos y le aporta a la novela un giro extraordinario poco antes del final.

Ganadora del Premio Ategua Castro del Río 2003, Frío es la tercera novela de este autor barcelonés nacido en 1978. También es su tercera novela premiada, lo que dirá mucho a sus nuevos lectores sobre la calidad de este escritor. La primera es Wath hath God wrought, finalista del Premio de la Universidad Politécnica de Cataluña de Ciencia Ficción en 1999 y publicada en 2003 por Valis Especial. La segunda es La granja de Dios, que fue publicada en disco compacto por PC-Actual tras recibir, en 2001, el primer Premio de Literatura de esta prestigiosa revista. Cuentos de Parra, por otra parte, han aparecido en diversas antologías y publicaciones.

JORGE GÓMEZ JIMÉNEZ

Letralia 2005, «Frío»

«Frío»

Las primeras páginas nos develan que no es una novela sobre futuristas desarrollos científicos (que los hay), sino más bien sobre el impacto que dicho desarrollo tiene sobre la protagonista.

En líneas generales, Frío, de Sergio Parra, hace honor a su nombre. Es un relato leve, predecible, con una cantidad de personajes bastante acartonados, que carece de la calidez o el “gancho” que suelen aportar muchas buenas historias del género. Sin embargo no hay que engañarse, porque todo lo que llama la atención en esta novela está los detalles y en el estilo narrativo.
A pesar de haber sido escrita por un hombre, es una novela corta que podríamos calificar como “femenina”. Hay un interesante (y no estoy capacitado para decir si correcto, por razones obvias) trabajo sobre la psicología de la protagonista, que se pone en evidencia en el elaborado estilo literario: un poco barroco, pero muy gráfico y, paradójicamente, de gran dinamismo. Así, a través de los pensamientos escapistas, las ensoñaciones, las angustias, comparaciones y asociaciones libres de Ana —una enfermera que es además lectora insufrible y escritora frustrada— vamos internándonos en un territorio especialmente propicio para las historias del género. En Frío, el punto de vista es todo, o casi todo.
Las primeras páginas nos develan que no es una novela sobre futuristas desarrollos científicos (que los hay), sino más bien sobre el impacto que dicho desarrollo tiene sobre la protagonista. Y si bien las mujeres (o los hombres) que viven de ensoñaciones hasta encontrar el amor de sus vidas son un gran cliché, es justo reconocer que esta novela aporta, tímidamente, una nueva vuelta de tuerca sobre el particular.
Hay pasajes más llevaderos que otros, e incluso por momentos se nota demasiado que el autor quiere decir “aquí estoy” (por ejemplo, en las numerosas alusiones a la CF, que a veces parecen un poco descolgadas). Pero el balance general hace que valga la pena haberse internado en el mundo de Ana, intentando descifrar con ella el enigma de su marido: un insensible islandés llamado Berg. Porque, en última instancia, de eso se trata todo: de la jornada de una mujer que quiere salvar su matrimonio, navegando el intrincado y espeso mar de las relaciones humanas.
La edición de Septen es prolija y atractiva.

ALEJANDRO ALONSO

Axxón y Garrafex News 5/6/2005, «Frío»